Cómo nos referimos a los animales no humanos dice mucho de nuestras consideraciones hacia estos. Desde muy temprana edad, nos enseñan que los animales son otros. Nosotros y nosotras, humanos y humanas, no. Así, consideramos que un chimpancé y un saltamontes son animales, pero no nuestra especie, aunque evolutivamente sea cercana a ese chimpancé al que aludimos en la misma categoría que al saltamontes del que tanto el chimpancé como el humano estamos tan distanciados en este sentido.
Realmente nos encantaría no formar parte del reino animal, y de ningún otro reino que engloba a los seres vivos del planeta. Nos gustaría pertenecer al reino de los dioses, porque eso nos haría poseedores de la capacidad de decidir sobre otros animales. Podríamos explotarlos para comerlos, usar sus pieles o divertirnos sin remordimientos. Pero eso ya lo estamos haciendo, y no somos dioses, así que recordarnos que somos animales puede implicar la aparición de esos remordimientos para algunas personas. Remordimientos que desembocan en comentarios como: «Las plantas también sienten», porque nuestro cerebro prefiere poner al mismo nivel a una lechuga que a una vaca.
En efecto, somos animales, no plantas. Somos homínidos. Mamíferos. Pero qué poco nos lo recordamos. Estamos tan disociados de nuestra condición animal que hace poco una protectora pedía ayuda para una gata embarazada y a más de un usuario en redes sociales lo único que se le ocurrió fue responder que la gata estaba «preñada«, no embarazada. Como si las gatas se reprodujeran por esporas y no tuvieran útero y ovarios para gestar, como sí tienen las hembras humanas.
Al menos a día de hoy no es tan extraño escuchar que una gata o una perra están embarazadas. En el ámbito ganadero, pocas veces escuchamos hablar en estos términos. Las ovejas, las vacas, las cabras y las cerdas se quedan «preñadas».
Puede que no nos demos cuenta, pero con el lenguaje estamos cosificando a los animales. Lo hacemos cuando decimos que una vaca está «preñada», que puede definirse como «ganado«, que existen animales y personas o que los primeros tienen patas y las segundas tienen piernas, manos y pies.
No aceptamos que esa vaca está embarazada porque podría recordarnos a nuestras madres, con la diferencia de que a estas no les arrebataron a sus hijos poco después de nacer para enviarlos al matadero y explotarlas a ellas por su leche.
No aceptamos que lo único «ganado» en la ganadería es el sueldo del ganadero, porque quienes pierden son los otros animales. Los animales no humanos. Los animales considerados de granja.
No aceptamos que cualquier animal, bípedo o cuadrúpedo, puede tener piernas, manos y pies. Es preferible pensar que tienen patas, como la silla desde la que estás leyendo esta publicación o la mesa en la que apoyas el ordenador. No hay mejor definición de la cosificación.
El lenguaje que utilizamos a veces nos engaña a nosotras mismas porque la realidad es demasiado dura como para definirla tal como la hemos creado. No somos dioses. Nuestro afán de dominación no solo nos ha llevado a explotar y maltratar a otros animales creyendo que así debe ser, sino también al conjunto de la naturaleza. Hablamos de «medio» ambiente y de «cambio» climático, en lugar de ambiente y crisis, desastre o emergencia climática. Como si la naturaleza fuera un medio para conseguir fines, casi siempre económicos, y como si el calentamiento global se resumiera en una serie sin importancia de fenómenos atmosféricos anormales en la que nada tenemos que ver.


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