Problemas como la crisis climática, la contaminación, las emisiones de gases de efecto invernadero y el calentamiento global exigen, desde hace décadas, soluciones urgentes. Y el capitalismo ha encontrado la fórmula para vender como solución ciertas medidas que gozan de buena imagen para la mayoría de la sociedad, pero que tienen un impacto oculto. Es el caso de las energías renovables.
Las renovables reducen las emisiones de gases de efecto invernadero y la dependencia energética, pueden ser un arma contra la crisis climática, se consideran inagotables y suelen ser más baratas. En su planificación, sin embargo, a menudo no se tiene en cuenta a una de las partes interesadas: los animales no humanos.
Primero fue la energía hidroeléctrica. Todos y todas tenemos en mente esas imágenes en blanco y negro del NO-DO con cierto dictador inaugurando presas y pantanos, muchos de los cuales tenemos a pocos pasos de nuestras casas. Igual que en España, en otros países los mandatarios se dedicaban a inaugurar embalses por la misma época. Todo un drama para quienes de la noche a la mañana tuvieron que huir de sus pueblos porque sus casas y sus calles iban a quedar anegadas. Aún peor fue la tragedia para quienes vieron llegar el agua por sorpresa tras la rotura de una presa.
Pero estas infraestructuras no solo inundaron pueblos. También bosques, campos, tierras agrícolas, o en otras palabras, el hábitat de numerosos animales salvajes. ¿Quién pensó en ellos? Nadie, porque lo único que importaba era el prometido suministro de agua para uso y consumo humano.
El impacto ecológico era un daño colateral. Como la alteración del curso y el caudal de los ríos repercutía en ventajas para los seres humanos, no importaba dañar a individuos de otras especies. No importaban los animales que perdieron sus rutas estacionales para reproducirse, migrar o alimentarse; ni la creación de barreras para peces migratorios como los salmones; ni la fragmentación del hábitat; ni otros daños ecológicos que pueden afectar a los animales como la transformación del movimiento de los ríos en aguas estancadas, los cambios en las características del agua, el oxígeno o la temperatura.
Parques eólicos y fotovoltaicos
Puede que en la era de las presas y pantanos colara la excusa de que no había una amplia conciencia medioambiental o conocimiento sobre las consecuencias de estas infraestructuras. Pero hoy la ignorancia no sirve como pretexto, y eso no ha impedido que se autoricen parques eólicos y fotovoltaicos a mansalva.

Estas energías, también renovables, no están exentas de impacto en los paisajes y en las especies. Es bastante triste ver un bosque donde antes rebosaba la naturaleza deforestado para convertirse en un campo repleto de placas fotovoltaicas, pero esta realidad cada vez es más común.
Las administraciones no dejan de dar luz verde a proyectos de construcción de este tipo de infraestructuras a lo largo y ancho del territorio español, incluso en zonas de especial protección. Esto ha llevado a algunas organizaciones conservacionistas a hacer de esta toda una batalla legal en casos concretos.
Para nadie es un secreto que aves de distintas especies chocan contra los aerogeneradores. Los murciélagos también son susceptibles de colisionar o de colapsar hasta morir por los cambios de presión. Tampoco es un secreto la modificación del paisaje que producen las instalaciones eólicas y fotovoltaicas, desde el comienzo de las obras hasta el infinito, sobre todo en esas grandes explanadas de placas solares.
Soluciones
El ecologismo hace tiempo dio la solución a estos problemas: prestar especial atención a la ubicación de las infraestructuras; evitar las áreas protegidas, de migración o de nidificación de aves y de expansión de otras especies fundamentales para el equilibrio de los ecosistemas; implantación de tecnologías y diseños anticolisiones y monitorización continua.

Habría que añadir el enfoque del decrecimiento. Si no dejan de aprobarse proyectos de construcción de parques eólicos y fotovoltaicos es porque hay intereses económicos de por medio, aunque la clase política nos dirá que es por el bien de la sociedad. El decrecimiento no casa con el capitalismo. Por eso, soluciones como fomentar el autoconsumo y la integración de las renovables en los edificios como alternativa al uso de los espacios naturales no venden tanto.
Y por eso también seguimos viendo proyectos de construcción de macrogranjas en las mismas zonas rurales que albergan las grandes instalaciones de energías renovables, y con ello otra falsa solución: las plantas de biogás que aspiran a desviar el debate sobre el impacto de la ganadería mientras invitan a no dejar de consumir productos de origen animal.


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