Hace varias semanas me topé con un post en una conocida red social que me hizo reflexionar. Era una publicación antigua, de hace unos seis años. A través de una imagen de varios niños y niñas acariciando a un ternero en una explotación ganadera, una persona hablaba de las maravillas de vivir en el campo, de lo orgullosa que se sentía por haberse trasladado desde una ciudad y de la bonita estampa que había capturado. -¡Qué imagen tan horrible!-. Fue lo primero que pensé. Y no precisamente por lo que nuestros ojos contemplan en ella, sino por lo que esconde.
En un paseo por un entorno rural, es prácticamente inevitable encontrarse con animales en granjas. Algunas personas no pueden resistirse a fotografiarlos para después subir las instantáneas a las redes sociales hablando de lo bonito que es el campo. Es indudable que un ternero, un grupo de gallinas o un cerdito son individuos preciosos, pero lo que no es bonito es su explotación, la misma que intenta anular su condición de individuos. Una explotación oculta en esas imágenes que romantizan el mundo rural.
Un ternero solo tras una jaula, con o sin leche artificial, es un animal recién nacido al que han separado de su madre porque su lactancia se destinará a consumo humano. Si es macho, le espera el matadero y jamás volverá a ver a su madre, a la que busca desesperadamente, como ella a él. Si es hembra, la leche artificial la criará para convertirse en una vaca explotada por la industria láctea a la que se obligará a dar a luz durante toda su vida para repetir el ciclo en toda su descendencia. Cuando su cuerpo no funcione al nivel que espera la industria, será enviada al matadero.
Una foto de ese ternero esconde una realidad muy triste. No es bonita. No es idílica. Romantizarla es estar cegada por el especismo.
¿Educación?
La situación es aún más triste si se tiene en cuenta a los niños y niñas que aparecían en esa imagen. Niños y niñas felices a los que una persona adulta cree que está educando por transmitirles que hay vacas en el campo. Pero que no saben nada sobre ese ternero, ni mucho menos sobre su madre. Y menos aún sobre las implicaciones de la ganadería para los animales. Niños y niñas que crecen pensando que tomar la lactancia del ternero es normal y natural. Niños y niñas que se convierten en personas adultas que años después van a publicar una imagen similar en una red social.
Personas adultas cuyo desconocimiento hace que todo parezca más bonito. ¿Pero es en realidad la persona adulta desconocedora de la realidad de la ganadería, o solo está transmitiendo desinformación a sus seguidores sin darse cuenta? ¿La persona que publicó ese post es alguien con tal fascinación por el mundo rural que solo puede romantizarlo? ¿O es una persona adulta conocedora de la realidad de la industria láctea que simplemente ha normalizado el consumo de la lactancia de otra especie? Qué importa. Al fin y al cabo, romantizar y normalizar generan el mismo resultado: una sociedad incapaz de ver a los demás animales como individuos con intereses y necesidades propias.
La foto del ternero sin su madre es equivalente a las imágenes de corderos pastando en el campo sobre los que nadie nos cuenta que pronto irán a un matadero. O la foto de las gallinas picoteando la hierba, sobre las que nadie sabe que sufren en silencio por la selección genética que les obliga a poner un huevo al día, la única razón por la que las vemos picoteando la hierba en cualquier pueblo. Luego están las fotos de huevos de colores que tan bien quedan en redes sociales, adornando posts que nunca hablan de todo el negocio que hay alrededor de la cría de las gallinas que los ponen.


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