Si escribes en tu navegador el vocablo que define a cualquier animal considerado de granja (oveja, vaca, cerdo, gallina…), la mayoría de las imágenes que aparecerán en pantalla corresponderán a animales en el ámbito de la ganadería. No es habitual que el navegador nos muestre imágenes de mataderos, granjas intensivas, sistemas industrializados de ordeño, cerdas y gallinas en jaulas o pollos hacinados. Por el contrario, nos encontramos con hermosas fotografías de animales, explotados igualmente, en el modelo extensivo de cría. A nadie le gusta contemplar granjas de los horrores.
Es curioso cómo con los peces no se da la misma respuesta, ni por parte del navegador, ni por parte del usuario. Si buscas en Internet nombres de peces que habitualmente son objetivo de pescadores o criados por la acuicultura, probablemente verás imágenes de animales muertos sobre el hielo o en cubos, en la mano de un pescador, fileteados, en redes o en un plato. En cuanto a los resultados de búsqueda, muchas recetas y contenidos que dan por sentado que los peces son comida, como el usuario que no se escandaliza al ver una foto de un atún convertido en filetes.
¿Qué ocurriría si esos contenidos hablaran alto y claro sobre la realidad de sufrimiento animal y desastre ecológico que suponen las piscifactorías y la pesca comercial y recreativa?
Ni pescado, ni comida
Los peces que se consideran «pescado» no dejan de ser animales salvajes, criados en cautividad o capturados en libertad, cuyo consumo está normalizado. Pero seres sintientes, en definitiva. Tal vez solo nos falta un poco de información para reconsiderar considerarlos comida.
Uno de los casos más lamentables es el del salmón. El ciclo de vida de este pez es uno de los más interesantes del reino animal.
El salmón es anádromo, esto es, nace en agua dulce, pasa la mayor parte de su vida en el mar y regresa al río para reproducirse. Las hembras depositan miles de huevos en nidos excavados por ellas mismas en el río, que los machos fecundan. Durante el invierno, los huevos quedan enterrados y la hembra los protege durante un tiempo. Tras eclosionar, los peces jóvenes permanecen escondidos entre las piedras del río, para después empezar a nadar libremente en agua dulce durante un período de entre uno y tres años, aproximadamente.
Del río al mar
La siguiente etapa de la vida del salmón es el mar, hacia donde migra desde el río, tras un proceso de adaptación fisiológica al agua salada. Allí pasa entre uno y cinco años, mientras crece. Si la pesca no lo impide, después regresa al mismo río donde nació, sin alimentarse en ningún momento durante la migración. De nuevo, vuelve a pasar por un proceso de adaptación fisiológica al agua dulce. En muy pocos casos, los salmones se desvían a otros ríos, lo que contribuye a mantener la diversidad genética.
En la mayoría de las especies de salmones, estos mueren tras ese regreso al río, pero en casos como el salmón del Atlántico, pueden sobrevivir, regresar al mar y volver a reproducirse posteriormente.
La pesca comercial es la principal amenaza para el salmón en estado salvaje en el mar —con métodos crueles y no selectivos como redes de arrastre—, mientras que la recreativa supone un peligro para la especie en los ríos, donde también sufren capturas accidentales en su primera etapa de desarrollo. A veces, son pescados durante la migración al río, cuando se acercan a la costa o entran en estuarios justo antes de reproducirse, en su momento más vulnerable. Y habrá quienes se sorprendan por el declive de sus poblaciones.
En riesgo
En España, el salmón del Atlántico está en riesgo de desaparecer. Su población ha caído alrededor del 70% desde la década de 1970. Mientras que Portugal la considera una especie «en estado crítico» y le aplica protección, en España no se da la misma situación. La de la Península Ibérica es una de las poblaciones más antiguas de Europa.
Los ríos españoles cada vez reciben menos salmones, y muchos de ellos, potenciales reproductores, mueren por la pesca recreativa. En 2025, se pescaron unos 200 salmones en los ríos de la cornisa cantábrica. En los años 80, llegaron a pescarse 6000, la mayoría en Asturias. El descenso no se debe a una mayor empatía por parte de los pescadores, sino a que no hay 6000 salmones que pescar. Algunas comunidades autónomas ya han tomado medidas. En Galicia, este 2026 se ha prohibido su pesca, medida que previamente tomó Navarra, aunque esto no libera a los salmones de capturas accidentales por la autorización de la pesca de otras especies en las mismas zonas.
Buena parte de las poblaciones de salmones de los ríos europeos se dirige a Groenlandia, donde la pesca está regulada a 25 toneladas al año, frente a las 800 de finales de los años 90, y solo está permitida para pesquerías locales. Otros puntos del continente han tomado medidas aún más drásticas. En las Islas Feroe, la pesca de salmones estará prohibida al menos hasta 2030.
Acuicultura
Pero la industria ha encontrado una solución al declive de los salmones: su cría en granjas. Un tipo de ganadería industrial de gran impacto en los animales, en el ecosistema marino y en el conjunto de las poblaciones de peces salvajes.
La mayoría de los salmones que se comercializan para consumo no proceden de ríos ni de mar abierto, sino de granjas. En estos casos, se crían en agua dulce y luego se trasladan a jaulas dentro del mar. Cuando alcanzan el tamaño deseado para su venta, se sacrifican. Pero a la industria le gusta más decir que «cultiva» peces y que luego los «cosecha».
Las granjas de salmones en mar abierto son foco de parásitos y enfermedades y abusan de antibióticos que terminan en el mar. Todo ello pone en riesgo a los salmones libres, pero también la salud humana.
El caso de Escocia
Escocia es uno de los principales productores de salmones. Una investigación de Animal Equality UK ha revelado 35 millones de muertes no esperadas en granjas de estos peces en tres años. Ninguna de las 20 explotaciones investigadas con peores resultados recibió una inspección en el mismo período, y en general, el control brilla por su ausencia. De hecho, se estima que la cifra de muertes es mucho mayor porque no se contabilizan los animales que mueren durante el transporte o en las primeras seis semanas de vida. Tampoco se cuentan las muertes de peces limpiadores —unos siete millones desde 2020, según Animal Equality—, que la industria utiliza como medio ineficaz de frenar la insalubridad de sus criaderos.
La organización también documentó cifras alarmantes como el sacrificio de 1’3 millones de salmones en una semana por una sola granja.
Si a la pesca y la acuicultura les sumamos los efectos de la crisis climática o las barreras fluviales como presas, algunas en desuso, que se encuentran los salmones al volver al río… ¿Sigues teniendo ganas de comer salmón?


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