Por qué la ganadería no es una aliada contra los incendios forestales

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Uno de los principales argumentos para defender la ganadería, fundamentalmente la extensiva, es que esta contribuye a evitar los incendios forestales, ya sea porque los animales pastan y se comen las hierbas que suelen asociarse con la propagación de estos, o porque los ganaderos cultivan grano en terrenos donde crecerían estas hierbas consideradas «maleza» si no estuvieran plantados. Una vez más, el «siempre se ha hecho así» ha calado en la mentalidad de buena parte de la población, que no se cuestiona si realmente este método es efectivo. Spoiler: no lo es.

Para quienes no obtienen ningún beneficio económico de los espacios naturales, pero sí de ciertos usos de estos para nada sostenibles (ganadero, agrícola, cinegético, obtención de madera…), resulta muy sencillo convencer al resto de la sociedad, con este tipo de argumentos, de que su actividad no solo aporta bienes de consumo para el resto, sino que también es positiva para el medio ambiente. Así, mucha gente no se pregunta por qué un bosque no y un maizal sí.

La industria ganadera, tanto intensiva como extensiva, así como la maderera, llevan décadas talando bosques para obtener áreas de pastoreo o de los cultivos que les interesan (monocultivos, mejor dicho), en los que se pierden hábitats para numerosas especies de fauna y flora, y por consiguiente, la biodiversidad, para dar forma a un nuevo hábitat mucho menos diverso y sin cortafuegos naturales. Muchas veces, en lugar de talar se opta por quemar, lo que permite despejar la zona de las plantas que no resultan interesantes para la actividad de forma más rápida. Y esto no solo ocurre en el Amazonas, aunque no estamos exentos de responsabilidad con respecto a los incendios de la selva amazónica, cuyos productos (piensos o madera) acaban en países de todo el mundo.

En España, a los incendios provocados para obtener áreas de pasto se les denomina «quemas controladas«, que muchas veces acaban siendo descontroladas. Esta pérdida de vegetación lleva aparejada una reducción de la humedad del suelo y favorece la erosión, lo que provoca que la zona afectada sea más propensa a incendiarse en un futuro. Además, los cultivos con los que se «repueblan» estas áreas, destinados a alimentar a los animales en explotaciones ganaderas, a menudo son «incendiarios» por naturaleza, así como lo son las hierbas secas que quedan en áreas de pastos tras el paso de los animales o tras desbroces.

Aún así, siempre seguirá habiendo defensores del «siempre se ha hecho así y los incendios son peores ahora». Claro, estamos en un contexto de crisis climática que a menudo se nos olvida. Las olas de calor son cada vez más extremas y frecuentes. Si a eso añadimos que donde había bosques ahora hay pasto, no podemos pasar por alto que los primeros reducen la temperatura, mientras que este último la aumenta, toda una llamada de atención al fuego.

Dejemos de creernos los únicos capacitados para gestionar la naturaleza y «limpiarla de maleza». Eso que llamamos «limpieza del monte» no es más que el uso que hace un sector económico de un entorno natural por su conveniencia, no por la de la naturaleza. Y eso que llamamos «maleza» no es más que vegetación que a ese sector le estorba, pero que no necesariamente es mala en términos ecológicos. Esa tarea de «limpieza del monte» que dejamos en manos de la ganadería extensiva puede ser perfectamente realizada por herbívoros salvajes, con la diferencia de que estos no sobrepastorean ni ocupan el hábitat de otros animales. Sin embargo, a estos últimos hay quienes prefieren cazarlos y defender que la caza regula los ecosistemas. Sin comentarios.

Cazadores y ganaderos, que se definen a sí mismos como los únicos gestores de la naturaleza, son los mismos que critican cualquier medida de protección de esta. No les gusta que haya parques nacionales, ni parques naturales, ni reservas (a menos que sean de caza).

Recientemente, Greenpeace ha publicado su informe Las áreas protegidas no agravan los incendios forestales, en el que desmiente los bulos que estos sectores utilizan para cuestionar el ecologismo y la protección de áreas naturales.

Este informe explica que la mayoría de zonas protegidas permiten la agricultura, la ganadería, los aprovechamientos forestales, la caza o el turismo, entre otras actividades, lo cual no las salva de los incendios. Aún así, no es cierto que en las áreas protegidas se ocasionen más incendios (más del 80% se originan en otras zonas, si bien pueden propagarse hacia espacios protegidos). El 73% de los municipios españoles tienen parte de su territorio en algún tipo de área protegida, por lo que es lógico que estos espacios puedan verse afectados por incendios que se originan en zonas próximas, pero no son las medidas de protección las que los originan. En ocasiones, influye en la propagación del fuego la propia orografía del terreno, pero este riesgo existe tanto en áreas protegidas como en otros lugares.

Curiosamente, hay quienes cuando no pueden culpar a estas medidas de los incendios, culpan a las personas que, supuestamente en rechazo de la protección del medio ambiente, quema zonas forestales. Pues bien, esta motivación solo causa el 0’16% de los incendios.

En resumen: más rewilding, más biodiversidad, menos ganadería y menos incendios.

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