La domesticación y la cría selectiva de las ovejas comenzó hace miles de años, primero por su carne y después por su lana, desde Asia hasta África y Europa. La lana como tejido ya aparece mencionada en clásicos de la literatura de la Antigua Grecia.
En la Edad Media, se desarrolló un creciente comercio de lana en Europa, sobre todo en Bélgica, Países Bajos, Inglaterra, Francia e Italia, con España como epicentro de la cría de ovejas, en concreto de las merinas, introducidas en el siglo XII por los árabes. Sin embargo, España restringió duramente la venta de ovejas merinas hasta el siglo XVIII. Ello no le impidió introducirlas en América tras la invasión de 1492.
A partir de 1700, con la decadencia del Imperio español, muchas ovejas fueron vendidas y regaladas a otros estados por parte de la propia monarquía. Los holandeses las introdujeron en Sudáfrica, aunque pidieron su devolución en 1791, pero sus crías se quedaron en en el país africano y con ellas se siguió mercadeando. Esta población dio lugar a las primeras ovejas que llegaron a Australia, con un total de 29 individuos que fueron utilizados para producción de carne.
Así, no encontramos ovejas merinas en Australia hasta 1797. Se consideró que esta raza se adaptaba mejor al entorno australiano y más que por su carne, comenzó a valorarse por su lana. El pionero en esta industria en Australia fue John Macarthur. En las primeras décadas del siglo XIX, Australia ya criaba miles de ovejas, y en 1807 vendió su primer vellón a Inglaterra. Para finales de este siglo, la lana se había convertido en el principal producto de exportación de Australia.
Todo ello, por supuesto, a costa del sufrimiento de las ovejas, cuya selección genética había comenzado siglos antes, pero los australianos se encargaron de perpetuarla para aumentar la rentabilidad y la producción de lana. Así, empezaron a cruzarse ovejas merinas de Australia con ovejas de otros linajes de distintos lugares del mundo, no solo para evitar la consanguinidad, sino también para obtener más lana incluso que en la raza originaria española, más fina, elástica y resistente.
Tal es la cuestión que los cuatro tipos de ovejas merinas criados en Australia se catalogan en función de su tipo de lana: muy fina, fina, media y fuerte. Las primeras generan una lana que se vende a precios más altos, pero las ovejas suelen criarse en sistemas intensivos, mientras que las segundas tienen un precio más asequible y no siempre se crían de manera intensiva.
Australia se nutrió de la venta de lana a Gran Bretaña durante las guerras napoleónicas (1803-1815). Pero a finales del siglo XIX el sector experimentó una crisis y el número de rebaño se redujo a casi la mitad. La cría de ovejas no remontaría hasta 1926, aunque durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) experimentó un impulso por la demanda de lana del Gobierno británico. Lo mismo sucedió durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).
A mediados del siglo XX, la industria de la lana australiana estaba en pleno auge, pero se vio paralizada por la introducción de las fibras sintéticas. En los años 70, el Gobierno del país propuso subvenciones para la industria, económicamente inviable.
En 2020, las ovejas de Australia representaban menos de un 10% de la cabaña ovina a nivel mundial, pero el país produjo más de la mitad de la lana de oveja merina del mundo durante las dos primera décadas del siglo XXI.
Actualmente, disponemos en el mercado de múltiples alternativas que cumplen la misma finalidad que la lana: vestirnos; y sin sufrimiento animal. Organizaciones en defensa de los animales han mostrado la cruel realidad de las ovejas australianas, sometidas a prácticas violentas desde su nacimiento hasta su muerte, esquiladas por personas que las tratan a golpes, en jornadas verdaderamente estresantes para estos animales.


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