Ser vegana y trabajar en un restaurante

Ya he hablado de este tema en alguna ocasión, pero hoy voy a tratarlo más en profundidad. Hace algunos años, siendo ya vegana, trabajé en un restaurante de mi pueblo como camarera mientras lo compaginaba con mis estudios. El trabajo en hostelería siempre es duro, y muchas veces, esclavo y precario, pero a veces tenemos la mala suerte de compartirlo con personas que lo hacen aún más difícil. Si además eres sensible y empático con los animales, tampoco resulta sencillo ver trozos de estos en cada uno de los platos que sirves.

Pero antes de contaros mi experiencia, me gustaría contextualizar un poco. En mi pueblo, como en toda la zona de alrededor, los platos tradicionales suelen llevar carne, y por ello los establecimientos de restauración y hostelería potencian este tipo de alimentos. De hecho, de todos los restaurantes que hay en este municipio, solo en uno hay una opción vegetariana y se adaptan con facilidad a personas veganas, pero en el resto es complicado. En el que yo trabajé, la única opción cien por cien vegetal de toda la carta era una parrillada de verduras, que sí, está muy rica y la comería encantada, pero me la puedo preparar en casa por menos dinero.

En los últimos diez años, se ha potenciado mucho el turismo rural, lo que ha provocado la apertura de negocios dedicados a ello y la búsqueda de personal por parte de los dueños de los establecimientos. Así, una de estas personas llegó a mí para proponerme el trabajo, y yo acepté porque era una forma de ganar un dinero extra. Sin embargo, los propietarios del restaurante son una familia de carniceros que llevan décadas viviendo de la industria cárnica, y más concretamente, de la carne de cerdo. Por ello, muchos de los platos del restaurante se basaban en ese producto y en otros tipos e carnes. El resto de los platos, salvo la ya citada parrillada de verduras, contenían todos ingredientes de origen animal, hasta las ensaladas, pero también he de decir que los comensales casi siempre salían diciendo lo delicioso que estaba todo, porque seguramente era así, y si no fuese vegana, habría disfrutado comiéndolos, pero mis principios me lo impedían, y eso ocasionó más de una conversación incómoda.

No voy a detallar aquí las condiciones en las que estuve trabajando durante aquel tiempo ni los aires de superioridad de las dueñas del establecimiento, porque eso daría para otro post y porque quiero centrarme en lo que respecta al veganismo, porque en ese lugar se respiraba especismo por cada esquina. De hecho, bastaba con que un cliente fuera vegetariano, o incluso celíaco o alérgico a algún alimento para ser el blanco de las críticas en la cocina, porque para las dueñas eso eran tonterías. En una ocasión, una comensal pidió si le podían poner algo vegetariano, y la respuesta de la dueña fue: «somos carniceros», aunque lo normal en estos casos, como suele suceder en cualquier restaurante, era satisfacer al cliente.

Después de conocer cuál era la opinión de las propietarias sobre el veganismo y el vegetarianismo, preferí no comentar que yo también llevaba una alimentación vegetal, pero esto era algo inevitable, porque después del trabajo comíamos todas juntas y tarde o temprano, llegaría la pregunta: «¿y tú qué comes?»

Antes de eso, yo siempre trataba de pedir algo vegetal. Casi siempre me hacía una ensalada yo misma con los ingredientes vegetales que había, pero otras veces me ponían un plato de carne sin preguntar si lo quería, aunque siempre que podía, decía que no me apetecía comer. Y es que realmente no me apetecía, no solo por el tipo de comida, sino también por el horario, ya que al terminar de trabajar era ya la hora de merendar o la hora de irse a la cama, por lo que cuando me tocaba ir por la noche, siempre cenaba en casa antes; y lo mismo a mediodía, porque realmente prefería irme a casa al terminar y no quedarme una hora más solo por comer mientras escuchaba conversaciones en las que no tenía el menor interés. Pero una de las dueñas no entendía que mi estómago ya estaba lleno desde antes de ir al trabajo, y solía molestarse por el hecho de que yo no comiera. Además de eso, solía preparar bocadillos con algún embutido que yo siempre acababa dando a otra compañera.

Después de tantos días tratando de escabullirme de comer algo que no era vegano, la dueña comenzó a decirme cosas como: «no comes nada», «te vas a morir», «tienes que comer, estás muy delgada», «¿es que no comes carne?», «no te gusta nada»; y la ya clásica «¿y tú qué comes? Así, al final sucedió lo inevitable y todo el mundo se enteró de lo que yo pretendía ocultar por miedo a ser juzgada.

Además de eso, estar todos los días en contacto con animales muertos, que han sido criados y asesinados por la industria para consumo, no es algo sencillo para una persona vegana que además de servirlos en platos tiene que verlos cada vez que abre las cámaras frigoríficas o cada vez que le piden que traiga algo de estas, por no hablar de las veces que escuchaba comentarios a favor de la tauromaquia o a favor de la caza, tanto por parte de compañeras como de clientes. Sobre estos últimos, observándolos reflexionaba muchas veces sobre el consumo de carne en nuestra sociedad, viendo cómo disfrutaban de comer este producto sin plantearse lo que había detrás.

2 comentarios sobre “Ser vegana y trabajar en un restaurante

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