Acaba otra Navidad de maltrato animal

Hoy es un día que muchos niños viven con ilusión al abrir sus regalos por la mañana. Podemos definir esto con muchas palabras: inocencia, alegría, emoción, sorpresa…, pero también es podríamos añadir términos como consumismo, dinero, negocio… Aunque este año he reflexionado mucho más sobre todo lo que implica la Navidad, no estoy aquí para hablar de eso, o al menos, no del todo. De una forma u otra, casi todos acabamos participando de las tradiciones, y no soy quién para criticarlo.

Para mí, la Navidad no es ese momento de alegría y reunión con la familia. Como ya he contado hace unos días, mis cenas y comidas en estas fechas señaladas las hago con las mismas tres personas con las que convivo el resto del año, y así es como lo prefiero. Pero no vivo este momento con la alegría que aparentan los demás, sino todo lo contrario, no me gusta demasiado la Navidad, a pesar de que no reniego de los regalos o de decorar la casa acorde con estas celebraciones.

Si a eso añadimos que soy una persona sensible al sufrimiento animal, la cosa se complica. Porque este año, en el día de hoy algunos niños volverán a recibir un perro o un gato como regalo. Como si fuera un juguete. Como si fuera un objeto de parte de adultos que no han transmitido a los más pequeños la responsabilidad que implica un animal. Y yo no puedo creer que todavía se sigan comprando animales.

Este año, he vuelto a escuchar conversaciones sobre lo rico que estaba el cordero en Nochebuena, cuando en mi cabeza no entra que un bebé pueda ser comida, porque no lo es. También me he acordado de esos animales acuáticos que han acabado en las mesas de muchas personas que después preguntan a los veganos: «¿pero gambas sí comerás, no?» Y también he escuchado a quienes me han contado lo repleta que estaba su mesa en Nochevieja: marisco, pollo, pavo y todo tipo de dulces. No me puedo imaginar el desperdicio alimentario por estas fechas.

Este año también ha sido la primera Navidad, en 16 años, sin mi perrita Luna, una ancianita que en los últimos años cada vez tenía más dolencias, hasta que su cuerpo no aguantó más. La echo de menos, a pesar de que un perro mayor implica muchos cuidados, tiempo y atención, pero eso no importaba. También ha sido la primera Navidad con la gatita que me adoptó, Cherry, una pequeña traviesa que consigue alegrarme en los peores momentos. Y por supuesto, mi otra compañera, Yeska, otra perrita de 11 años que tiene la misma vitalidad que tenía con tres años.

De cara a la sociedad, he observado con cierta incomprensión ese consumismo del que hablaba al principio, sobre lo cual he reflexionado aunque sigue sin quedarme claro ese sinsentido de comprar y comprar para nada. Podría decir que espero que las cosas cambien, al menos un poco, para el próximo año, pero no tengo demasiadas esperanzas: volverán a morir animales para ser cenados, volverán a usarse camellos y elefantes en cabalgatas, o asnos y cabras en belenes vivientes, y volveremos a comprar cosas que no necesitamos y más comida de la que somos capaces de ingerir.

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