Pensar en lo que hay detrás

La semana pasada reflexionaba sobre esos corazones inaccesibles de todos aquellos que saben perfectamente lo que hay detrás de la ganadería, pero aun así, siguen apoyándola y consumiendo sus productos. Por resumir un poco, comparto la publicación que hice en Instagram al respecto.

Lo cierto es que si nos quedamos con eso, estaríamos obviando a esa gente que sí tiene empatía y es sensible al sufrimiento de los demás animales. Lo que ocurre es que seguramente, no conoce la realidad de la explotación ganadera. A algunas de estas personas les llega el día en que hacen la conexión y comprenden que lo más coherente es dejar de participar, con su consumo, en dicha explotación.

Y por otro lado, están aquellos a los que ese momento no les llega porque ellos mismos evitan que les llegue. Porque prefieren no pensar en lo que pasa en un matadero. Porque saben que los animales sufren y prefieren no saber los detalles. Porque quizá eso es lo más cómodo. En los últimos años, desde que soy vegana, es quizá con este colectivo con el que más conversaciones he tenido, e incluso me he encontrado con personas así que proceden de familias ganaderas. Personas sensibles que no quieren reflexionar porque saben que no les va a gustar lo que van a descubrir si se ponen a investigar.

O personas escépticas, que no se creen cuando les dices que los pollitos macho mueren triturados o gaseados en la industria del huevo o que los terneros son separados de sus madres en la industria láctea. Personas que se quedan con imágenes idílicas e irreales de animales pastando en prados verdes y granjeros simpáticos y dedicados. Personas que no tienen ningún reparo en asegurar que no puede ser que la carne que comen proceda de un animal maltratado y que confían en que haya sido «matado con sin sufrimiento». ¿Cómo puede ser eso? ¿No se dan cuenta de que es imposible matar sin hacer sufrir al otro? ¿O de que aunque eso sí fuera posible, matar nunca es la mejor opción? Y sobre todo, cuando no necesitamos ningún producto de origen animal para sobrevivir.

Pese a todo, poco a poco la información deja de quedar reservada para la propia industria y cada vez está más al acceso de la ciudadanía. Hasta hace pocos años, conocer la realidad de la carne, de la leche, de los huevos y de los mataderos estaba solo al alcance de quien se ponía a investigar por sí mismo, a leer mucho y a ver documentales. Ahora se habla, cada vez más, de maltrato animal en los medios de comunicación, y de ganadería, y de macrogranjas.

Lo más cómodo sigue siendo cerrar los ojos, pero esto se torna difícil cuando la evidencia sobrepasa los límites de lo que se mantiene oculto.

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