Que la carne es algo bueno es una creencia que siguen manteniendo muchos de nuestros abuelos, que la asocian con la salud y con la bonanza económica. Solo en los últimos años se ha empezado a cuestionar esta afirmación, ya que la carne no es buena ni para la salud, ni para los animales ni para el medio ambiente, y esto a veces provoca choques importantes entre las nuevas y las anteriores generaciones, aunque a veces algunos de nuestros abuelos están más abiertos al veganismo que muchas personas más jóvenes.
¿Pero por qué todavía hay quienes consideran que la carne es buena? Para esta pregunta puede haber varias respuestas, aunque hoy nos centraremos en una explicación histórica.
Hay una verdad que ya hemos repetido hasta la saciedad en esta sección, y es que no siempre se ha comido carne, o al menos no siempre ha sido un alimento predominante en la dieta, a excepción de contextos muy concretos en los que influyen, sobre todo, una localización geográfica y unas condiciones climáticas que propician una mayor disponibilidad de animales que de vegetales.
Lo cierto es que si nos remontamos a la Prehistoria, veremos una evolución en la que nuestros antepasados pasaron de ser vegetarianos a incorporar carroña en su alimentación; más tarde, carne de caza; y después, la carne de los animales que ellos mismos criaban tras el surgimiento de la ganadería, sin que esta pasara a ser en ningún momento la base de la dieta. Le pese a quien le pese, esta base la han ocupado durante siglos los vegetales.
Podemos trasladarnos atrás en el tiempo hacia las civilizaciones antiguas (Grecia, Roma, Egipto…), hacia la Edad Media, el Renacimiento o la Edad Moderna. Seguiremos encontrando que los alimentos de origen vegetal predominaban sobre los de origen animal. Eso no significa que la ganadería fuera inexistente o que esos humildes pastores que hemos visto en cientos de imágenes y películas sean ficticios. Por supuesto que existían, pero sencillamente, la carne no era para ellos. Eran las personas más ricas quienes accedían primordialmente a este alimento. Para los demás, la carne era un lujo del que solo disponían en ocasiones especiales o esporádicas. Por eso no podemos decir que las sociedades de siglos atrás fueran vegetarianas, y mucho menos veganas, pues eran omnívoras, pero tampoco podemos afirmar que su segundo plato de cada comida y cena fuera carne o pescado, como en la actualidad.
Las clases altas siempre han disfrutado de todos los privilegios, y la carne era uno de ellos. Cualquiera que no perteneciera a este estamento social podría envidiar el disfrute de dichos privilegios, y por tanto, anhelar un consumo más habitual de carne. La carne era algo bueno a la vista de la mayoría de las personas, ¿por qué los ricos iban a comer algo malo si podían tener cualquier alimento mejor a su disposición?
Así, los platos en los que primaban los vegetales o que directamente no contenían nada de origen animal eran considerados comida para pobres y parecían incompletos e incapaces de saciar el hambre del comensal. Es probable que a más de una persona vegana nos hayan dicho nuestros abuelos o abuelas que nuestro plato parece «de pobres».
Si al hecho de que los vegetales fueran predominantes en las sociedades en épocas de bonanza le unimos que también lo eran en momentos de guerras y crisis, toma aún más fuerza la creencia de que las verduras son «para pobres». Y es que en tiempos de escasez la cría de animales que comen kilos y kilos de plantas para consumo se tornaba complicada. Planteémoslo desde la mentalidad de tiempos pasados: ¿Cómo alimentarlos si fallaban las cosechas? ¿Cómo privar a los humanos de lo poco que crecía en el campo para dárselo a los animales?
Todo esto no cambió hasta después de la Segunda Guerra Mundial y la aparición de la PAC, que se traduce en ayudas para los ganaderos que les permiten llevar a cabo su actividad y les incentivan a crear nuevas granjas. Si bien antes del conflicto bélico los avances industriales y tecnológicos ya habían potenciado un mayor consumo de carne que podía conservarse durante más tiempo, la guerra volvió a traer la escasez y el hambre. Ante esta situación, Europa creó la PAC para solventar el problema y motivar a la creación de explotaciones agrícolas y ganaderas que se tradujeron en incontables hectáreas de terrenos para ambas actividades que producen toneladas de alimentos que no consumimos y un desastre medioambiental importante, sin olvidarnos del sufrimiento de los animales que acaban en mataderos.
Lo cierto es que la PAC trajo a Europa el fin del hambre. Tras su implantación, había alimentos accesibles para cualquier persona. La carne ya no era un lujo, y aunque seguía siendo más cara que las verduras, la población se la podía permitir independientemente de su clase social. A la vez, comenzaron a aparecer procesados cárnicos con un sabor casi adictivo que cualquiera podía comprar sin preocuparse por la calidad del producto. Aunque hablamos en pasado, este modelo aún impera en la actualidad.
Por eso, pedir un modelo alternativo basado en vegetales es para muchas personas volver a los tiempos del hambre y la pobreza. Y es que aunque la carne ya no sea un producto exclusivo para personas adineradas, muchas personas la siguen asociando a la bonanza y la saciedad. También vinculan al ganadero con aquel bucólico pastor de los relatos medievales, sin saber que la industria cárnica actual está controlada por multinacionales. El ganadero ya no es ese hombre humilde de la Edad Media que se pasaba el día acompañando a los animales mientras pastaban. El ganadero, intensivo o extensivo, a día de hoy es alguien que ha construido su negocio a base de subvenciones y llevándose por delante millones de víctimas de diferentes especies.
Pero ninguna actividad económica debería ser más importante que la vida de tantos y tantos animales y el bienestar de nuestros ecosistemas. El modelo de la PAC ha destrozado durante las últimas décadas nuestros entornos naturales y es responsable de buena parte de las emisiones de gases de efecto invernadero que nos están llevando al caos climático.
Mientras tanto, nos siguen educando para que pensemos en la carne como ese alimento que nos causa bienestar y saciedad, y además, nos dicen que es necesaria y que los animales nos la dan. Nada más que añadir.


Deja una respuesta