Por un ecologismo no utilitarista

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Ni los animales, ni las plantas, ni los árboles, ni las flores nos pertenecen. Lo que denominamos «recursos naturales» no existe para uso y disfrute de nuestra especie, y mucho menos si eso es a costa de hacer daño a otras especies. Más bien los seres humanos formamos parte esa naturaleza de la que a veces nos empeñamos en alejarnos, pero en la que a algunas personas les interesa volver a incluirse si es para justificar el consumo de carne u otras actividades destructivas. Se olvidan de que las explotaciones ganaderas, los mataderos y el uso abusivo de los recursos no solo no tienen nada de naturales, sino que son tremendamente perjudiciales para los ecosistemas.

Durante décadas, sin embargo, el ecologismo tradicional no se ha desprendido de esa visión utilitarista de la naturaleza. Podría decirse que sus consignas se han centrado en la defensa del medio ambiente o la conservación de las especies de flora, fauna y sus hábitats sin dejar de observarlos como meros recursos. El ecologismo también se ha esforzado en recordarnos que nuestra vida depende de la conservación de los ecosistemas y las especies que los habitan o de unos entornos naturales limpios y sin contaminación.

Por supuesto que esto es cierto. ¿Pero dónde queda la parte ética? ¿Solo nos interesa defender los ecosistemas por nuestro propio beneficio? ¿Solo defendemos a los animales porque de su conservación depende nuestro bienestar? ¿Dejamos de contaminar, reciclamos y no talamos árboles por nuestra propia salud? ¿Dónde quedan las otras especies animales? ¿Qué tipo de relación vamos a tener con los individuos que las componen si no entendemos que el respeto que les debemos es primero por su condición de sintientes y después por las funciones que realizan en la naturaleza?

No es extraño que el ecologismo haya abogado y siga abogando por la eliminación de las especies catalogadas como «invasoras«, un término totalmente obsoleto que a algunas personas todavía les cuesta abandonar. Tampoco lo es que desde este ámbito se apoye la eliminación de los gatos comunitarios, a los que paradójicamente denominan «exóticos invasores» sin ser ni lo uno ni lo otro, ya que llevan conviviendo con nuestra especie al menos desde el Neolítico. ¿Si los gatos son «exóticos invasores», por qué no lo es el ser humano que también desde la Prehistoria ha invadido territorios, llevando consigo a otras especies no autóctonas a las que sí se considera «invasoras»?

También hay que remontarse al Neolítico para encontrar el origen de la ganadería que sigue siendo defendida por el ecologismo, particularmente la extensiva, aunque a su vez los ganaderos no tienen en demasiada buena estima a los y las ecologistas. Actualmente, la mayoría de las organizaciones ecologistas son favorables a una transición alimentaria en la que se reduzcan el consumo de productos de origen animal y las granjas, pero no a su completa eliminación. También han comenzado a hablar de bienestar animal, aunque a veces como algo secundario.

Veganismo ecologista y ecologismo ético

Sin embargo, en los últimos años han nacido organizaciones ecologistas veganas que no comparten esta visión, y ese es el camino hacia el que avanza el ecologismo, un movimiento hacia el que desde el veganismo cabe la crítica por todo lo mencionado anteriormente, pero del que también podemos aprender. No olvidemos que su bagaje y reconocimiento es bastante mayor que el del movimiento animalista, cuyos precursores casi nunca se recuerdan y suelen observarse como figuras aisladas en distintas sociedades.

Tampoco olvidemos que el ecologismo ha protagonizado luchas como la defensa de las ballenas o contra la caza furtiva, complementadas por la lucha animalista contra todo tipo de caza, legal o ilegal, de animales acuáticos o terrestres. Remar juntos, caminar de la mano, siendo conscientes de lo que nos une y de lo que nos separa.

Al final, el veganismo es también ecologista, porque el respeto a los animales como individuos sintientes repercute positivamente en la conservación de las especies, en la recuperación de sus hábitats y del conjunto de la biodiversidad y en la lucha contra la crisis climática.

¿Por qué no un ecologismo ético que entienda que otros seres sintientes no son culpables de los daños causados por la especie humana y no deben pagar por ello, y que busque la protección de los ecosistemas más allá del beneficio a los seres humanos?

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