Empleo, alimentación básica, supervivencia, desarrollo y subsistencia del medio rural… Todo esto es prometido continuamente por la ganadería y utilizado por este sector como forma de justificar su existencia, aunque en realidad su deseo es mantenerse como uno de los pilares del capitalismo. Estas promesas también suelen ser utilizadas por ganaderos para alarmar a la población y dar sentido a sus quejas cuando reclaman aún más subvenciones de las que reciben.
Lo cierto es que la ganadería solo es rentable para el bolsillo de los ganaderos y de la élite de empresarios de la industria de la explotación animal que se lucran de la cría, sufrimiento y muerte de millones de individuos. Pero más allá del cuestionamiento ético de esta actividad, el argumento de que la ganadería aporta beneficios económicos no se sostiene.
Y es que a esa élite de empresarios de la industria ganadera no le interesa decrecer, ni que la población reduzca el consumo de carne (por supuesto, desde el veganismo tampoco es este el enfoque, pero podemos aceptarlo como paso previo y realista a la eliminación total de los productos de origen animal de la dieta). Por ello, la industria no se cansa de construir nuevas explotaciones, de hacinar a cada vez más animales en instalaciones industriales y de criar masivamente individuos cuyo bienestar es inexistente aunque la publicidad nos lo venda como una prioridad.
Hay quienes definen todo esto como «generar empleo», un empleo que podría dirigirse perfectamente a otros sectores que sí son sostenibles y que no se caractericen por la precariedad, la explotación laboral, el sufrimiento animal o la despoblación. Porque sí, la despoblación que tanto promete solucionar la ganadería en el mundo rural muchas veces está motivada por esta misma actividad. En muchos lugares del mundo la actividad ganadera ha desplazado a las comunidades locales. En los municipios españoles donde hay macrogranjas (y ganadería extensiva) la insalubridad y la contaminación son tan grandes que también invitan a marcharse. Por no hablar de la falta de oportunidades más allá del sector primario.
Pero volvamos a la élite a la que no le interesa decrecer y quiere producir más y más gracias a unas subvenciones millonarias financiadas por los Gobiernos, y por ende, por los contribuyentes. A esa élite le encanta que el consumo de carne se haya masificado, que la proteína animal predomine en la dieta de la mayoría de los occidentales y que los productos de origen animal estén presentes en todas las comidas que cada persona hace diariamente, desde que se levanta hasta que se acuesta y en todos los formatos posibles. Buena parte de estos productos no se caracterizan precisamente por ser saludables. Todo lo contrario. La carne afecta negativamente a la salud cardiovascular, al riesgo de padecer diabetes, hipertensión y algunos tipos de cáncer, tal como han mostrado muy diversos estudios en los últimos años. Pero quienes te hablan del empleo que genera la industria cárnica no te dirán nada sobre el coste sanitario del alto consumo de productos de origen animal. Hablamos, por cierto, de enfermedades financiadas con dinero público. Y todo por producir una carne «barata» y asequible por considerarse un «producto de primera necesidad».
¿Y si hablamos también del coste medioambiental? Pérdida de biodiversidad, deforestación, contaminación de suelos y caudales de agua… La ganadería también son las millones de hectáreas de cultivos agrícolas destinadas a la alimentación animal, con su consiguiente destrucción de bosques y desaparición de las especies que los habitan. La ganadería son pesticidas, transporte, nitratos y otros residuos que convierten a los suelos en infértiles para la plantación de cultivos que podrían destinarse directamente a la alimentación humana, y sobre todo, que convierten al agua en no potable, no apta para consumo, una maravilla en el contexto actual de riesgo de sequías y escasez de este recurso esencial. Si a eso unimos que la ganadería tala bosques que retienen la humedad en el suelo, esta actividad se lleva un diez en cuanto a sostenible (ironía).
Ese coste medioambiental, aunque los gobiernos se resistan, va ligado a un elevado coste económico que a medio plazo plazo tendrán que invertir si existe una aspiración de permanecer en un planeta habitable, y que irán incrementando conforme crezca la actividad ganadera, tal como es voluntad de esa élite de empresarios y hasta ahora, también de los gobiernos presionados por ella.
Es hora de salir de esa mentalidad capitalista y mirar de frente a la realidad de colapso climático a la que nos enfrentamos. Los gobiernos podrían empezar por reestructurar las subvenciones y dejar de basarse en un modelo obsoleto que se ha quedado para enriquecer a una élite insaciable. Pero más importante que el coste económico es el coste ético y humano de la ganadería, que afecta todos los individuos no humanos criados por la industria y humanos que sufren las consecuencias, incluidos aquellos negacionistas que nos envían la foto del chuletón por redes sociales cuando publicamos cualquier dato sobre la explotación animal. Como en la imagen de cabecera, detrás del dinero hay un reloj que nos recuerda que el tiempo corre en nuestra contra.
Estudio
Un estudio reciente acaba de confirmar que la ganadería no es para nada rentable. Se titula The Hidden Harms of Factory Farms, y aunque se centra en el contexto británico, es aplicable a otros lugares del mundo. El informe ha sido elaborado por la Conservative Animal Welfare Foundation (CAWF) y revela que las granjas industriales cuestan a los contribuyentes británicos más de 1200 millones de libras al año. Los investigadores concluyen que el elevado coste de la ganadería lleva a una mayor inseguridad alimentaria, pese a que el sector promete lo contrario.
El informe se basa en datos públicos y oficiales del Gobierno de Reino Unido, así como una encuesta de Bryant Research a 1000 británicos. Así, calcula que el 85% de las subvenciones agrícolas destinadas a la cría de pollos y de cerdos acaban en explotaciones intensivas, lo que supone un gasto de 269 millones de libras al año. También calcula que el coste de la contaminación del agua y el aire de las granjas industriales asciende a 518 millones de libras, mientras que el coste del aumento de las muertes por causas respiratorias es de unos 92 millones de libras.


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