Cuando se empezó a hablar del impacto medioambiental de la ganadería, principalmente por las emisiones de metano asociadas a la cría de rumiantes, la actitud de la industria fue el negacionismo. A día de hoy, todavía hay ganaderos que niegan esta realidad, o directamente la crisis climática, pero en general, la industria ganadera ha reconocido este impacto. ¿Y cómo puede esto casar con las intenciones de crecimiento del sector? ¿Cómo puede la ganadería reconocer su impacto medioambiental mientras habla de seguir criando animales, mientras propone proyectos de macrogranjas con cientos de miles de individuos hacinados y mientras aspira a conquistar nuevos mercados? Su solución es el greenwashing. Es decir, solución ninguna.
Desde hace algún tiempo, palabras como «sostenibilidad» o «sostenible» reinan en la publicidad de las industrias láctea y cárnica. Por una parte, sus anuncios recurren a la imagen que siempre han tratado de proyectar, la de animales felices pastando en un campo abierto, limpio y de ensueño. Por otra parte, tratan de convencernos con innovaciones y experimentos que supuestamente paliarán todos los impactos negativos de esta actividad. Una de estas innovaciones son los bloqueadores, inhibidores o reductores de metano. La idea es suministrar a las vacas estos compuestos para que emitan menos metano, principalmente a través del pienso.
Así, cada cierto tiempo nos encontramos en los medios de comunicación noticias al respecto de algún experimento de este tipo. La última es de hace unos pocos meses.
En noviembre de 2024, el gigante lácteo danés-sueco Arla Foods anunció un ensayo con un aditivo alimentario llamado Bovaer, destinado a reducir las emisiones de metano de las vacas en un 27% de media. El compuesto actúa mediante la supresión de una enzima en el estómago de los rumiantes que produce este gas de efecto invernadero. Se desconocen los efectos a largo plazo de este tipo de «soluciones» sobre la salud de los animales, de las personas y del medio ambiente.
Concretamente, el Bovaer fue descrito en 2023 como «corrosivo para los ojos, irritante para la piel y potencialmente dañino por inhalación» por parte de la Agencia de Normas Alimentarias de Reino Unido. Este compuesto contiene dióxido de silicio, propilenglicol y 3-nitrooxipropanol. A los rumiantes se les suministraría a través del pienso.
Todo esto se resume en una excusa más para seguir consumiendo carne y otros productos de origen animal: el impacto medioambiental ya no justifica una reducción o eliminación de estos productos de la dieta. Lo cierto es que no es así del todo. Recordemos que se desconoce cómo afectarían los inhibidores de metano en el entorno natural.
Además, aunque estos bloqueadores funcionaran realmente como solución medioambiental, no solucionan el problema ético. Los animales seguirán siendo explotados, más si cabe. Continuarán el maltrato, los abusos, los bebés separados de sus madres y la actividad de los mataderos, gracias a procedimientos muy probablemente financiados con dinero público por presentarse disfrazados de innovación. Quienes pierden, como siempre, son los animales, y tal vez también la salud humana.
Estos inhibidores de metano, por cierto, tampoco solucionan otros problemas medioambientales asociados a la ganadería, como la contaminación de las aguas y las tierras por nitratos o la expansión de los monocultivos que deforestan y destruyen la biodiversidad, y por ende, afectan directamente a la conservación de numerosas especies y ecosistemas.
La sostenibilidad en el sistema alimentario no pasa por ninguna innovación, sino por algo tan sencillo como dejar atrás la ganadería y avanzar hacia un modelo dietético basado en vegetales. Es fácil, si no se crían más animales en granjas, no se generan emisiones de metano asociadas a esas explotaciones ganaderas. Y ya de paso, no se explotan animales, ni se contaminan las aguas, ni se deforesta.


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