En un momento de la historia, algunos animales dejaron de ser compañeros de hábitat para convertirse en recursos, productos o instrumentos. El proceso de domesticación contribuyó a esta visión de los otros animales como objetos que tenían un valor económico.
Llegada la Edad Media, la ganadería en España generaba tales beneficios que ya entonces existía un lobby en torno al sector, representado por la Mesta, una organización que agrupaba a los pastores dedicados a la cría de ovejas merinas para el mercado de la lana, que durante siglos fue el más importante para las arcas de la Corona y base de nuestra economía. Este tipo de ganadería, sin embargo, en ocasiones chocaba con la actividad agrícola.
Los primeros conflictos documentados entre la agricultura y la ganadería ovina se enmarcan en la época visigoda en España (siglos V-VIII). Los pastores movían a sus ovejas estacionalmente, hacia el norte en verano y hacia el sur en invierno, lo que ocasionaba las quejas de los campesinos que veían dañados sus cultivos por el paso de los animales. Esto dio pie a la creación de varias normas sobre las rutas de la trashumancia, casi siempre favorables a esta. Por ejemplo, los agricultores no podían levantar barreras para impedir a los animales acceder a los cultivos.
La llegada de los musulmanes cambió la situación, ya que estos favorecieron la agricultura, y solo el pueblo bereber mantuvo la actividad pastoril como prioritaria. Con la reconquista, por contra, los cristianos facilitaron nuevamente la trashumancia. En este contexto, en 1273 se creó el denominado «Honrado Concejo de la Mesta», durante el reinado de Alfonso X el Sabio (1221-1284), que reguló el pastoreo trashumante, defendía los intereses de los ganaderos y les concedió privilegios. La Mesta, que unía a los propietarios de rebaños y a la Corona, pronto se convirtió en una poderosa e influyente institución.
Historiadores han señalado el deseo de Alfonso X de aumentar la producción de lana en Castilla y reducir la importación de textiles de otros territorios. También pudo haber estado motivado por la intención de recaudar más impuestos sobre la exportación de lana, o por poner fin a los enfrentamientos, muchas veces violentos, entre ganaderos y campesinos, en un momento de luchas continuas entre pueblos.
En torno a la Mesta se crearon una serie de cargos que debían velar por su correcto funcionamiento y cuya cantidad y tareas fueron variando a lo largo de sus seis siglos de existencia.
Esta institución controlaba la trashumancia, autorizaba las rutas que seguían los ganaderos, casi siempre con total libertad. Sus miembros podían pastorear sin que nadie pudiera interferir, e incluso tenían derecho a una licencia de armas, estaban exentos del servicio militar y de aparecer ante la justicia para no abandonar los rebaños, a menos que fuera bajo petición de la propia Mesta. Sus perros, además, tenían derecho a la misma ración de alimentos que los pastores.
Otro de los privilegios de los miembros de la Mesta era la exención de impuestos, aunque sí debían pagar a su paso por algunos municipios a las autoridades locales, ya fueran señores feudales u órdenes religiosas. Estos pagos podían hacerse con animales vivos como carneros, con carne o con queso.
La Mesta celebraba asambleas generales anuales con días e incluso semanas de duración. Los acuerdos tomados por el Concejo eran de obligado cumplimiento. Los pastores podían participar de forma democrática en las reuniones, pero eran la nobleza y el clero quienes tomaban las decisiones.
Los Reyes Católicos convirtieron el Concejo de la Mesta en una de las claves de su política agraria, y trasladaron este sistema a los territorios invadidos de la América colonial. Isabel y Fernando continuaron defendiendo y priorizando los privilegios de la Mesta frente a la agricultura, en los frecuentes conflictos que seguían teniendo lugar entre ambos sectores. Mientras tanto, aumentaban los rebaños, cuyos miembros se contaban por millones.

En esta época, la monarquía también impulsó y reguló el comercio interior de lana, eliminaron restricciones al consumo previamente establecidas y el impuesto a las ventas cuando el bien con el que se comerciaba eran ovejas. Incluso existían ovejas utilizadas exclusivamente para la compra-venta, denominadas «merchaniegas«.
Respecto a las exportaciones, la monarquía se mostró recelosa, durante siglos, de la venta de ovejas al extranjero, por lo que se potenciaron las transacciones con lana para impedir la cría de la raza merina en otros países, e incluso se restringieron las importaciones de textiles para proteger el comercio interior.
Decadencia
A partir del siglo XVII, los rebaños comenzaron a disminuir y alcanzaron su cifra más baja en 1634, con medio millón de individuos, debido a la pérdida del comercio con Flandes. Sin embargo, las cifras volvieron a aumentar en el siglo XVIII, aunque eso no impidió la decadencia de la Mesta con el fin del sistema feudal, el aumento de los cultivos y la caída del mercado de la lana.
Esta decadencia había comenzado con la dinastía de los Austrias, el auge de la producción de grano y el declive de la ganadería trashumante por la pérdida de privilegios.
Pese a que en el siglo XVIII existía una buena cifra de rebaños y la exportación de lana vivía un momento esplendoroso, los nuevos ideales ilustrados pedían avances en la agricultura y se oponían a los privilegios de la Mesta, hasta que la monarquía eliminó su apoyo a la institución tras el Motín de Esquilache (1766). En 1812, las Cortes de Cádiz cuestionaron la labor de la Mesta, si bien Fernando VII (1784-1833) evitó su desaparición. Finalmente fue abolida en 1836, cuando Isabel II (1830-1904) la sustituyó por la Sociedad General de Propietarios de Ganado.
Para entonces, España ya había perdido el monopolio de la cría de la raza merina, que llegó por primera vez a Australia, su principal mercado en la actualidad, a finales del siglo XVIII. Lejos quedaban los años en que el resto de los países europeos ansiaban la calidad de los paños y las alfombras de lana española sin importar que se estaba instrumentalizando a millones de individuos sintientes, en lo que Australia tomó el relevo.
Romantizar lo insostenible
Si hoy nos parece totalmente ineficiente e insostenible que millones de animales criados bajo un sistema de explotación se alimenten de cultivos que podrían alimentar de forma directa a los seres humanos o a los animales salvajes, no era tan distinto para el campesinado de la Edad Media. Puede que sus motivaciones estuvieran relacionadas con la supervivencia, y no por preocupaciones ambientales o climáticas, pero al fin y al cabo estas últimas también responden, en último término, a nuestra supervivencia y a la del conjunto del planeta.
Hoy la trashumancia es una tradición reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO. Aunque son pocos, todavía hay pastores que trasladan sus rebaños de forma estacional, un evento que en algunas zonas rurales es la excusa para una fiesta. La trashumancia, como otras prácticas ganaderas, hoy se romantiza. Cuando esta tiene lugar, los medios de comunicación nos hablan de bucólicos pastores, pero ignoran la realidad de la ganadería, la explotación y el maltrato que produce.
No nos hemos librado del todo de la Mesta, que en cierto modo podría considerarse tanto un antecedente del Ministerio de Agricultura que defiende los intereses del lobby ganadero como de las organizaciones agrarias que de vez en cuando sacan sus tractores a pasear por las ciudades con pancartas pidiendo matar lobos.
Imagen de cabecera: generada con Inteligencia Artificial.
FUENTES CONSULTADAS Y ARTÍCULOS RELACIONADOS
López, J. I. (2020) ¿Hombres o bestias? Poder pastoral, colonialismo y animales. En Moreno, R. y Meléndez, F. (Coords.), Transversalidad y biopolíticas: cuerpos, géneros y saberes. Universidad de Guadalajara
Sánchez, M. (2021). ¿Qué era el Concejo de la Mesta? Históricos Anónimos, RTVE.
Veros, Ó (2018). Análisis histórico institucional de una institución del Antiguo Régimen: La Mesta. Universidad de Valladolid.


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