El coleccionismo de animales salvajes es un hecho poco o nada mencionado en los libros de historia. Parece que se trata de dar a conocer las grandes hazañas de las figuras más relevantes de nuestro pasado, las guerras, las conquistas, la organización económica de las civilizaciones o los nombres de condes y duques olvidando cómo todos estos factores estuvieron intrínsecamente ligados al menosprecio, la explotación y el uso de los demás animales. Porque en toda guerra, conquista, comercio y hazaña del pasado ha habido animales de por medio.
La presencia de animales salvajes en las ciudades europeas desde la Antigüedad casi siempre estuvo relacionada con esas conquistas y hazañas que hacían poderosos a los territorios y a sus gobernantes, a costa del maltrato a la población, también la no humana, de otras partes del mundo. Así, los leones del coliseo no eran más que una muestra del enorme poder de Roma, anhelado tiempo después en Italia con sus consiguientes intentos de recreación, como en tiempos de los Médici.
Ese particular entretenimiento de la organización de espectáculos con animales en Roma no murió con la caída del Imperio, sino que perduró siglos después y todavía perdura en festejos como los taurinos que siguen teniendo lugar en España y otros países. Con toda su influencia, la Iglesia apenas logró que calara su negativa opinión sobre los denominados «juegos» con animales.
El uso de animales en espectáculos no es un hecho ajeno al coleccionismo de individuos salvajes, pero este también se explica por la pura exhibición de estos, o lo que es lo mismo, esa exhibición de dominación y una supuesta grandeza tan patriarcal que nos recuerda lo peor de las sociedades del pasado y lo que nos queda por avanzar.
La caza, otra muestra de dominación patriarcal, también es hermana del coleccionismo de animales. Aunque nos imaginemos los primeros zoológicos como calles repletas de grandes jaulas con tigres y elefantes, lo cierto es que las colecciones también albergaban animales tan comunes como los perros considerados «de caza» o aves rapaces destinadas a morir a manos de algún noble o aristócrata cazador. En otros casos, formaban parte de las colecciones especies como osos o linces, que en Inglaterra eran considerados exóticos tras su desaparición, pero que habitaban en otros lugares de Europa.
Por otro lado, algunos monarcas llegaron a poseer grandes colecciones de animales que acababan en sus terrenos privados tras ser regalados por mandatarios de otros lugares del mundo, por aquello de estrechar las relaciones. El uso de animales como regalos fue tal que cuando se inauguró el zoo de Ámsterdam en 1838, buena parte de los individuos que albergaba procedían de estos intercambios.
Es conocido el elefante de Luis XIV (1638-1715), que el monarca francés recibió como regalo del rey de Portugal, Pedro II (1648-1706). El paquidermo, procedente de El Congo, es recordado por ser el único elefante africano de cuya presencia se tiene constancia entre 1483 y 1862. No sucedía lo mismo con los elefantes asiáticos. En cuanto a estos, también es famoso el que Carlomagno (742-814) recibió del califa de Bagdad Harún al-Rashid (766-809) a modo de felicitación por su título de emperador. También se tiene constancia de un elefante exhibido en una feria en Frankfurt en 1443.
Mientras tanto, clérigos y aristócratas también tenían sus propias colecciones de animales, e incluso algunos nobles trataban de competir con los monarcas en cuanto a la magnitud o particularidad de estas.
Aunque se considera que el primer zoológico surgió en el siglo XVIII, sus antecedentes se remontan a muchos siglos atrás, con la existencia de las «casas de fieras«, conocidas en Francia como menageries, que no eran más que la exhibición de la colección de animales de reyes o nobles. En algunos países, algunas reservas de caza o partes de estas se convirtieron en casas de fieras, casi siempre pertenecientes a monarcas. Ya los reyes carolingios, contextualizados entre los siglos VIII y X, albergaron en algunas de sus residencias exposiciones de varias especies de fauna.
A los reyes del siglo XXI les sigue encantando esa idea de la dominación de otros animales, lo que explica que la mayoría de ellos sean aficionados a la caza. Centurias después, todavía no han aprendido que los animales (ni sus partes) son objetos de colección.


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