Si hay un ejemplo claro de antropocentrismo con el que nos encontramos las personas que defendemos a los animales o al medio ambiente es el que afirma al ser humano como principal gestor o regulador del ecosistema. Curiosamente, quienes defienden esta premisa también están a favor de la caza, la explotación animal, los tipos de agricultura menos respetuosos con el entorno y toda intervención que atente contra la biodiversidad. Para ellos, querer a los animales es acabar con sus vidas por el «bien común» y quienes nos oponemos a eso somos los radicales, urbanitas que no tienen ni idea del campo aunque llevemos toda la vida habitándolo o un chiringuito de «ecologetas».
Porque para nada el «ecologeta» es aquel que se proclama defensor de la naturaleza aunque su única meta sea usarla y explotarla en función de sus intereses. Intereses que, en contra de los de otras especies, nada tienen que ver con la supervivencia, sino más bien con su comodidad, con seguir haciendo lo que se ha hecho siempre por muy dañino que sea y con esa idea de hombre como dominante. Y aquí el hombre no es sinónimo del ser humano, porque casi siempre son hombres a los que se les ha caído un poco de machismo quienes defienden estas posturas.
Como bien explica la doctora Marta Tafalla, la vida existe mucho antes que el ser humano, y la presencia de este nunca fue necesaria para la regulación de los ecosistemas. ¿Cómo, si no, se gestionaban antes de nuestra aparición como especie? Y vale, podemos pensar que han pasado millones de años y los tiempos han cambiado, o que hemos desarrollado la inteligencia suficiente como para ser esos gestores de la naturaleza que nos creemos, pero si nuestra intervención va a tener un impacto negativo, es mejor que no intervengamos.
La caza o la ganadería son ejemplos de nuestro impacto negativo en el medio. Cazamos depredadores a la vez que nos quejamos de sobrepoblaciones de herbívoros a los que hay que cazar para que dejen de reproducirse, cazamos herbívoros mientras nos quejamos de que los depredadores se acercan a los pueblos en busca de comida, talamos árboles para cultivar y desbrozamos las hierbas porque nos molestan a la par que nos quejamos de que los herbívoros se comen nuestros cultivos y comentamos que «ya no cantan los grillos».
También pretendemos que los rumiantes domesticados realicen las funciones naturales de los herbívoros salvajes. Conejos no, porque con sus madrigueras nos estropean las plantaciones de cereal para las ovejas. Rumiantes sí, porque son «desbrozadoras naturales» y ayudan a prevenir incendios. Eso sí, que ningún lobo hambriento de herbívoros salvajes se atreva a atacar a ninguna oveja. Criamos millones de animales en granjas mientras nos quejamos de sobrepoblación de conejos y jabalís. Y para colmo, nos autodenominamos reguladores del ecosistema.
En realidad, lo que somos es unos antropocentristas de manual. También especistas. Lo único que hacemos con nuestras medidas para «regular» el ecosistema es desregularlo. Cuando un cazador abate a un animal, su impacto puede afectar al conjunto de la especie en la zona donde se ha producido la cacería, y también a otras especies. Si esto pasa cada fin de semana durante varios meses al año, no nos hacemos a la idea de la desregulación que estamos provocando.
Vemos como algo negativo que el mundo rural quede despoblado, pero quizá esto es lo que el campo necesita. Por desgracia, por mucha despoblación que exista, el cazador (muchas veces urbanita, como esos a los que llama «ecologetas») no falta a su cita de los domingos por la mañana para abatir a animales indefensos. Pues sí, ese que se proclama un depredador más, pero no uno cualquiera, sino el que está en la cima de la cadena alimenticia, no puede cazar si no es con una escopeta. Porque claramente, no hace uso de sus colmillos, garras y pezuñas como otros depredadores a los que considera inferiores. Ese depredador humano solo puede matar si su presa está en desigualdad de condiciones, pero eh, que lo hace por supervivencia, exactamente igual que el lobo. Porque salvo por el hecho de tener una escopeta, todavía vive en las cuevas de la Prehistoria. Ah no, que en la Prehistoria la supervivencia tampoco dependía de la carne…


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