El lobo ibérico: una historia de persecución y sangre

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En todo el mundo, el lobo ha visto reducida drásticamente su área de distribución histórica como consecuencia de siglos de persecución. Una persecución que siempre ha estado directamente relacionada con la ganadería: la presencia de depredadores amenaza los intereses económicos de quienes se lucran de la explotación de animales que son presa en la naturaleza. A su vez, los cazadores tradicionalmente han odiado a los depredadores por interferir en su actividad. Las leyendas y cuentos populares transmitidos por la tradición oral y escrita han contribuido aún más al desprestigio del lobo, que hasta hace pocas décadas era catalogado como una «alimaña«.

En España, a falta de leyes ambientales y de protección animal, el siglo XX fue especialmente devastador para el lobo ibérico, hasta el punto de desaparecer de la mayor parte de su área de distribución para quedar reducido a poblaciones al noroeste de la Península Ibérica. Pero la persecución a la especie comenzó mucho antes.

Diferentes leyendas sobre el lobo se han difundido desde la Antigüedad, no siempre con una simbología negativa, como la fundación de Roma por Rómulo y Remo, abandonados al nacer y alimentados por una loba. En la Edad Media, comenzó a fomentarse una imagen negativa del lobo como una especie de monstruo, enemigo del ser humano, depredador voraz y de aspecto temible, a la par que aumentaba la presión contra la especie. Esta imagen es la que ha convertido al lobo en el malo del cuento, algo visible en historias como Los tres cerditos, Caperucita Roja o Pedro y el lobo.

En el mundo real, desde hace siglos los cazadores, ganaderos y juntas antiloberas se dedicaron a fomentar el exterminio de lobos, incluso sufragando premios para los cazadores, y con el apoyo de las autoridades.

Un enemigo con carne medicinal

En el siglo XVI, el lobo fue descrito como «enemigo», «ladrón», e incluso equiparado a las mujeres. Para Jerónimo Cortés (1560-1611), el cánido era «fraudulento, engañoso, atrevido y tragón, de aullido espantoso». Más allá de una simple descripción, este tipo de textos funcionaban como alentadores de la caza. El propio cortés añadía que la carne del lobo tenía propiedades medicinales, algo de fácil interpretación: el lobo vivo es malo, pero muerto beneficia los intereses de los seres humanos.

Ya entonces se había comenzado a ocupar el hábitat del lobo porque se habían talado hectáreas de bosques para plantar pastos destinados a la ganadería extensiva, hecho unido a la propia expansión rural que a su vez, expulsó a los vertebrados de los que se alimentaba el lobo. En algunos lugares, la ganadería era la única forma de supervivencia del cánido, y eso para los ganaderos que habían motivado ese escenario era inconcebible.

El lobby ganadero de la época también entonces era el principal consejero de las autoridades, en este caso la monarquía de turno, que fue desarrollando leyes encaminadas a acabar con los lobos, si bien en algunos momentos hubo restricciones para la caza en general.

En el siglo XVI, el Concejo de Mesta en el que se agrupaban los ganaderos trasladó a las Cortes de Castilla sus quejas sobre los ataques de lobos a sus animales. El propio Carlos V (1500-1558), que en 1527 había prohibido ciertos métodos de caza, cedió a las exigencias de los ganaderos y en 1542, reculó y permitió que todos los pueblos establecieran matanzas de lobos y métodos de caza con libertad. También se premiaban las capturas por cabeza de lobo o camadas, alegando que «los señores de ganado y otras personas han recibido mucho daño por causa de los lobos que hay en nuestros reinos».

La persecución no cesó en los siglos venideros. En 1769, Carlos III (1718-1788) promovió la caza de lobos, zorros, osos y otros animales catalogados como «dañinos» a través de una Real Cédula, ampliada en 1788 con Carlos IV (1748-1819), que dispuso la celebración de batidas anuales que organizarían los alcaldes contra estos «animales dañinos», y que tendrían que financiar los ganaderos. Eso sí, había recompensas por cada animal abatido. Para obtenerlas, se pedían como prueba la piel, la cabeza o las manos de la víctima. Las lobas eran las más valiosas, y el premio aumentaba si eran capturadas con su camada.

En 1795, Carlos IV consideró que se estaba abusando de las batidas y monterías populares y prohibió este método de caza, argumentando que únicamente se realizaba por diversión y que suponía un gasto elevado a las arcas públicas. Sin embargo, el monarca no quiso disgustar a los ganaderos y cazadores y aumentó los premios por capturas. Las batidas fueron nuevamente autorizadas por Fernando VII (1784-1833), en 1825, por considerar que se había producido un incremento de las poblaciones de lobos.

El malo del cuento

Toda esta persecución vino acompañada de una literatura en torno a la caza de lobos, los métodos y trampas para capturarlo, que fue especialmente difundida en la prensa de los siglos XIX y XX, con precedentes en medios del siglo XVIII como el Semanario de agricultura y artes dirigido a párrocos, que se editó entre 1797 y 1808. En él eran frecuentes las noticias sobre lobos y sobre métodos para capturarlos.

En 1829, se publicó el Tratado de la caza de los lobos y zorras, un título al que seguía el apellido de Y medios más seguros de exterminarlos. Esta obra, que dos siglos después puede comprarse a través de Internet, describe las trampas y venenos para capturar lobos (y zorras).

Ese mismo año se reguló el uso de la estricnina, un veneno letal para los lobos que todavía sigue siendo utilizado por cazadores furtivos.

Llegado el siglo XX, reales órdenes siguieron premiando la caza de lobos. Al finalizar la Guerra Civil (1936-1939), Sierra Morena era la única región de Andalucía donde seguía habiendo poblaciones de lobos, con los que terminaron los alimañeros. Es precisamente en Sierra Morena donde se escenifica la película Entre Lobos (2010), que narra la historia real de Marcos Rodríguez Pantoja, un niño que vivió durante más de una década con lobos, tras morir el pastor al que había sido vendido y quedar aislado en la naturaleza.

Alimañeros

El régimen franquista estableció, en 1953, las Juntas de Extinción de Alimañas, responsables, en buena medida, de la grave situación que atraviesa el lobo ibérico en la actualidad. Este cuerpo de extinción de animales salvajes incentivó la caza indiscriminada de muy diversas especies, bajo la excusa de que eran alimañas incompatibles con los intereses de la ganadería y la caza. Obligatoriamente, estas Juntas debían constituirse en todas las provincias.

Entre 1954 y 1961, fueron cazados 1961 lobos de forma legal, sin contar los capturados de manera furtiva. Se incluyen en la cifra lobeznos y fetos extraídos de hembras embarazadas. En el mismo período las Juntas destinaron casi cuatro millones de pesetas al exterminio de animales. De media, los alimañeros podían obtener unos ingresos anuales de 20000 pesetas. Además, se les otorgaban trofeos y premios en metálico.

En 1956, el Ministerio de Agricultura publicó unas Hojas Divulgadoras en las que cargaba contra los depredadores como lobos y zorros como «animales dañinos».

Hoja divulgadora sobre caza de lobos y zorros
Hoja divulgadora sobre caza de lobos y zorros | Ministerio de Agricultura (1956)

El éxodo rural de los años 60, sin embargo, no ayudó a los lobos, ya que muchos campos dejaron de ser explotaciones agrícolas o ganaderas para convertirse en fincas privadas dedicadas a la caza adquiridas por particulares. Los cazadores pasaron de ver al lobo como un depredador a abatir para que no se alimentara de los herbívoros que querían cazar ellos mismos a verlo como una pieza de caza codiciada.

Hoy en día, el lobo se caza a escondidas, por furtivos que después cuelgan sus cabezas de señales de tráfico, pero que no dan la cara. Como tampoco lo hacen los cazadores que abaten cánidos de forma legal, desde este 2025 en el norte de España. En los años 60, matar lobos estaba bien visto. Recordemos que el discurso de que el lobo es el malo del cuento había calado desde siglos atrás.

El 6 de enero de 1965, una loba fue exhibida a lomos de un burro por las calles de los municipios de La Zarza y Villagonzalo (Badajoz), mientras los cazadores reclamaban sus compensaciones por haberle dado muerte a ella y a otros miembros de su manada, acusados de atacar a animales considerados de granja, incluido un macho que huyó herido y apareció muerto meses después. El cazador fue premiado con 500 pesetas tras presentar las orejas de la loba como prueba. 500 pesetas (tres euros) que sirven como reflejo de la desaparición del lobo en Extremadura.

Loba a lomos de un burro en La Zarza (Badajoz), en 1965
Loba a lomos de un burro en La Zarza (Badajoz), en 1965 | Félix Cerrato

Un año después, en 1966, La Vanguardia se enorgullecía del «trabajo de los alimañeros» por haber hecho desaparecer a los lobos de Toledo.

La Vanguardia, 1 de febrero de 1966
La Vanguardia, 1 de febrero de 1966

A partir de los años 70, cobró fuerza una conciencia ecológica que comenzaba a ver a los animales como piezas clave en sus ecosistemas y no como piezas de caza.

En 1970, la Ley de Caza convirtió al lobo en una especie cinegética. Por primera vez, se estableció un período de veda para la caza de la especie.

En la década de 1980, las regiones al sur del Duero, a la vista del desastre causado por los alimañeros, empezaron a establecer prohibiciones para la caza de lobos. Fue el caso de Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha. Pero no fue hasta 2021 cuando la especie fue incluida en el Listado de Especies en Régimen de Protección Especial (LESPRE), con lo que pasó a estar estrictamente protegida y su caza quedó prohibida en todo el territorio nacional, también al norte del Duero.

El hito de 2021 fue posible gracias a años de protestas y peticiones de personas que no dejaron de manifestarse al grito de «lobo vivo, lobo protegido». En 2025, se ha producido un retroceso inesperado, ya que la ley sobre el desperdicio alimentario ha sacado al lobo del LESPRE y algunas comunidades autónomas ya han autorizado cacerías, y de hecho, estas ya se han producido. La especie, además, se ve amenazada por el aislamiento genético, la hibridación y la destrucción de su hábitat.

Este domingo, 22 de junio, toca volver a gritar: «Lobo vivo, lobo protegido», en una manifestación que tendrá lugar en Madrid y a la que está llamada toda la ciudadanía indignada por el maltrato institucional y cinegético al lobo.

Imagen de cabecera: batida contra el lobo en Hoyos del Espino (Ávila), en 1958.

FUENTES CONSULTADAS Y ARTÍCULOS RELACIONADOS

Gutiérrez, V. (2006). El lobo ibérico en el sur peninsular. Revista Ecologista, 50.

Lavado, F. (2025). De la extinción de animales nocivos. La caza del lobo en La Zarza durante la primera mitad del siglo XIX. Real Asociación Española de Cronistas Oficiales.

Márquez, C. (2015). El control de depredadores en España: análisis histórico, incidencia actual del uso de cebos envenenados y perspectivas de futuro. Universidad de Málaga.

Paulos, C. M. (2000). Incidencia de las Juntas de Extinción de Animales Dañinos sobre las poblaciones de lobo ibérico (canis lupus signatus). III Jornadas sobre el lobo ibérico, Villardeciervos (Zamora).

4 responses to “El lobo ibérico: una historia de persecución y sangre”

  1. […] años después de ese hito que fue la protección del lobo a través de su inclusión en el LESPRE, esa marea roja volvió a gritar: «Lobo vivo, lobo […]

  2. […] topé con este semanario hace aproximadamente dos semanas, mientras investigaba la persecución al lobo ibérico a lo largo de la historia. En efecto, la revista para párrocos, por muy ilustrada que fuera, no […]

  3. […] 297 a 333 grupos reproductores) es «cinco veces inferior a la registrada en otras poblaciones de lobos en Europa«, y que la especie sigue enfrentando graves amenazas como la pérdida de diversidad […]

  4. […] de 1974 permitió una muy gradual recuperación de las poblaciones de lobos después de que las campañas de exterminio empujaran a la especie al borde de la extinción en Estados Unidos. Sin embargo, «sabemos que la […]

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