La media veda o la temporada de caza interminable

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Dicen que la temporada de caza abarca los meses de otoño y parte del invierno. Es entre octubre y febrero cuando se autorizan esas monterías y batidas que a muchas personas en el mundo rural nos obligan a encerrarnos en casa, mientras que los animales perseguidos por los cazadores se ven obligados a huir de la suya. Los jabalís son las víctimas principales en estos meses, pero también se ven afectados algunos cérvidos, aves, liebres, zorros, muflones o cabras montesas, si bien las especies y períodos pueden variar en las diferentes comunidades autónomas.

En primavera, toca de nuevo perseguir con escopetas a cabras montesas, rebecos o corzos, pero esta también es la época en la que cada año resurgen las quejas de los agricultores por los supuestos daños a los cultivos ocasionados por la sobrepoblación de animales como los jabalís, o en la que los cazadores y ganaderos alertan del peligro de transmisión de enfermedades de los animales salvajes a los domésticos. Así que muchas comunidades autónomas declaran la denominada «emergencia cinegética«, y vuelven a establecer cupos que permiten cazar jabalís o cérvidos.

En agosto, llega la media veda, que suele alargarse durante aproximadamente un mes en el que se autoriza la caza de especies de caza menor, entre ellas aves como la codorniz, la paloma torcaz, la paloma bravía o la tórtola; pero también mamíferos como conejos y zorros.

Y un mes después de la finalización de la media veda, vuelta a empezar con la caza mayor. Y así, entre la temporada de caza oficial, las autorizaciones especiales, las emergencias cinegéticas y la media veda, el período de caza es interminable. Su duración es de 365 días del año en los que los animales salvajes no pueden vivir en paz. Al final, todo se reduce a las pocas ganas de los cazadores de dejar guardadas sus escopetas, aunque sea durante unos meses.

La media veda

A 10 de septiembre, estamos a punto de finalizar el período de la media veda. La caza en esta época del año es especialmente cruel con las aves, porque muchas de ellas están criando o han llegado tras una larga migración únicamente con esta finalidad, y sus polluelos todavía no son independientes. Los que sí lo son también corren el riesgo de ser abatidos. Otras se ven afectadas por la sequía estival, cada vez más dura a causa de la crisis climática, y se concentran en puntos concretos donde encuentran agua y donde los cazadores aprovechan para disparar sin piedad. Y otras que pasan por la Península Ibérica durante sus migraciones puede que no lleguen a su destino por culpa de la media veda.

En los últimos años, algunas organizaciones conservacionistas han alertado de la amenaza que supone la caza para especies perseguidas durante la media veda, como la codorniz común o la tórtola europea, que presentan un declive de un 49% y un 35% de sus poblaciones en los últimos 20 años, respectivamente. Que su estado de conservación sea desfavorable no ha impedido la autorización de su caza desde agosto. La Unión Europea únicamente establece límites para la tórtola, cuyo control es difícil de llevar a cabo.

Desde la visión conservacionista o ecologista se hace hincapié, sobre todo, en estos porcentajes de declive o en la importancia de la reproducción de las aves, que se ve impedida por la actividad cinegética, ya sea porque se abaten individuos que todavía no se han reproducido; que ya lo han hecho y se pierde, por tanto, a sus crías; o que se dirigen a otro lugar para criar. Todo ello repercute en la salud de los ecosistemas, incluidos los de otros lugares del mundo hacia donde se dirigen las aves migratorias afectadas por la caza.

El enfoque animalista se centra en el individuo. Por supuesto que importa la conservación de las especies, pero por encima de eso se sitúa el respeto que cada animal merece. No importa si iba a reproducirse o si estaba de paso, si se trata de un ave en peligro de extinción o denominada «invasora», si es migratoria o sedentaria. Los animales tienen valor como individuos con sus necesidades e intereses propios, más allá del tamaño de sus poblaciones, de sus funciones en el ecosistema y de cómo ello repercuta en la humanidad.

Incendios forestales

Por otro lado, tampoco han impedido la media veda los incendios ni las olas de calor. No han importado las cientos de miles de hectáreas calcinadas de las que los animales han tenido que huir ni su situación de especial vulnerabilidad. Ni siquiera se ha tenido en cuenta que la munición es también una posible causa de incendios forestales. Ha pesado más el placer de matar, a pesar de las leyes que amparan la prohibición de la caza en situaciones concretas.

Ya en 1970, la ley de caza prohibía la actividad cinegética en los denominados «días de fortuna», en los que «como consecuencia de incendios, epizootias, inundaciones, sequías u otras causas, los animales se ven privados de sus facultades normales de defensa u obligados a concentrarse en determinados lugares». Posteriormente, las comunidades autónomas transcribieron esta medida en sus legislaciones.

En 2007, la Ley de Patrimonio Natural y de la Biodiversidad estableció que «la caza podrá ser suspendida en circunstancias que, por razones de orden biológico o sanitario lo aconsejen».

Ni siquiera en estos casos las administraciones son capaces de hacer frente al lobby cinegético.

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