La caza es, en pleno siglo XXI, una afición macabra que cada fin de semana saca al campo a hombres armados con escopetas que pasan la mañana disparando a individuos indefensos. En una sociedad moderna y civilizada, esta actividad no tiene cabida, y las licencias disminuyen año tras año, pero el sector cinegético, como el taurino, es fuerte y sabe de quiénes rodearse, hasta el punto de que ha logrado introducir la caza incluso en las escuelas en algunas comunidades autónomas.
Que la caza siga manteniéndose en nuestros días en España obedece a diversos factores, entre ellos el patriarcado, las grandes fortunas, la derecha política, el antropocentrismo y su conjunción con la industria de la explotación animal y lobbies como el ganadero. Todos ellos, por supuesto, relacionados con el sistema especista.
Existen vínculos claros entre la caza y el patriarcado. Durante siglos, la caza ha sido una actividad asociada a los hombres, y aún más lo ha sido cuando esta pasó de tener fines de supervivencia a ser un pasatiempo.
Hoy esta actividad persiste como símbolo de la masculinidad. Por desgracia, las redes sociales están plagadas de discursos que consideran que debemos mantener una tradición en la que el hombre ha sido, por su fuerza, «el que provee», mientras que las mujeres quedaban relegadas a las tareas domésticas. Discursos que responden al auge del feminismo, pero que carecen de base científica al remontarse a nuestros orígenes prehistóricos, cuando ya tenemos estudios que han concluido que las mujeres de esta época también eran cazadoras-recolectoras, y como los hombres, más recolectoras que cazadoras, porque la carne en buena parte de nuestra historia ha sido un alimento escaso. Ligar la carne al «hombre que provee» no es más que otro engaño del sistema patriarcal y carnista.
¿Proveer o dominar?
Sin embargo, no son pocos los cazadores de nuestro tiempo que llegan un domingo cualquiera a la cocina de su casa para entregar un conejo a su esposa, con la intención de que esta lo prepare. Y no, el cuerpo de ese conejo no se está aprovechando como alimento en una época en la que disponemos de innumerables alternativas sin sufrimiento.
Otros muchos animales cazados ni siquiera llegan a ninguna cocina, ni son abatidos con este fin. Ciervos, jabalís, zorros y otros individuos protagonizan horribles fotografías en las que sus cuerpos sin vida ensangrentados aparecen cuidadosamente colocados en fila. Serán trofeos, cuando no se abandonan sus cadáveres y el plomo que les ha quitado la vida en medio del monte. Y otra vez el cazador se sentirá ese macho ibérico dominante mientras mata y destruye.
Eso sí, el mundo cinegético sabe que ese concepto machista no está bien visto en una sociedad moderna. Por eso, le encanta mencionar que las mujeres también cazan hoy en día. Se les olvida que estadísticamente el porcentaje de cazadoras es ínfimamente menor al de hombres que practican esta actividad. Y a las mujeres que han optado por este pasatiempo y que consideran que han avanzado hacia la igualdad se les olvida que recurrir a la violencia característica del patriarcado no es feminismo.
En un momento dado, la caza como medio de supervivencia dio paso a la ganadería: los animales salvajes se domesticaron para someterlos mejor, y las sociedades se organizaron en torno a la dominación de la naturaleza, de los animales no humanos y de las mujeres. Con la domesticación de los animales que se utilizaban como alimento, ya no era necesario cazar para comer, y fue así cómo esta actividad se convirtió en un hobby ligado a una élite.
Ganadería y caza
Así, desde sus inicios, la ganadería ha estado estrechamente vinculada con la caza. Su aparición dio lugar a que los animales salvajes comenzaran a verse como un estorbo. Su presencia en los cultivos y en las granjas siempre ha molestado. Hoy la excusa es que genera pérdidas económicas para los agricultores y ganaderos. La realidad es que existen medidas alternativas a la caza que solucionarían este problema, pero al cazador, al ganadero y al agricultor, que a veces son la misma persona, les interesa que la caza perdure, y con ella todo un sistema antropocentrista de dominación de la naturaleza.
La situación del lobo es un ejemplo de ello. No solo el lobby cinegético presiona para que esta especie pueda cazarse. Lo hace también el lobby ganadero, y no solo en España. Ambos lobbies están representados por asociaciones ganaderas y federaciones de caza para las que los medios de comunicación a menudo son un altavoz. Es el caso de Artemisan, UPA, Asaja, COAG y otras tantas.
Política
Pero no solo el cuarto poder da voz a estos lobbies. También lo hacen los políticos continuamente, en concreto los de partidos de derechas, aunque la influencia de cazadores y ganaderos es también muy clara en partidos como el PSOE. Prueba de ello es la exclusión de los perros utilizados para la caza de la ley de protección animal. En cuanto a la derecha, solo hay que investigar qué comunidades autónomas han corrido a establecer cupos para cazar lobos o al menos defienden su caza (Galicia, Cantabria, La Rioja o Castilla y León son algunos ejemplos). Boicotear el consumo de productos de origen animal procedentes de estas regiones es también una forma de luchar contra esta medida.
Por último, que estos lobbies tengan tanto poder obedece a otra cuestión que no puede pasarse por alto: las principales fincas ganaderas y cotos de caza en España están en manos de grandes fortunas, de las que forman parte cazadores de larga tradición familiar en esta materia, que lo último que quieren es perder sus privilegios. Tampoco quieren perder la perspectiva de dominación que caracteriza el sistema caduco que desean hacer perdurar.


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