Errores especistas

A lo largo de toda mi infancia, he vivido muchas situaciones especistas, más allá de las comidas en las que no podía faltar carne como segundo plato o los desayunos con leche; más allá de las veces que me llevaron a espectáculos taurinos populares; y más allá de las visitas al zoo o al circo. Y es que vivir tan cerca de la naturaleza tiene sus ventajas, pero también se ve en primera persona el maltrato animal y el especismo.

Entre esas situaciones desagradables, varias veces he visto cómo algunos miembros de mi familia capturaban animales de la naturaleza para entregármelos como «mascotas«. Y esto no solamente ha sucedido en mi familia, sino que, por alguna razón, hay mucha otra gente que, cuando se topa con un animal al que puede coger sin problema, por ejemplo, un bebé de poco tiempo de vida, no tiene reparo en llevárselo a su casa «para el niño«, sin pensar en que lo más probable es que ese animal vaya a morir, mientras que en su hábitat podría desarrollarse y vivir años. En mi propia casa, he vivido esto con gorriones, vencejos, conejos, perdices, ranas o liebres, y quizá me estoy olvidando de alguna otra especie que, por razones que no puedo comprender, acabó en casa en algún momento cuando era pequeña.

Pero vayamos por partes. En algunos casos, muy justificados, no está mal llevarte un animal que te has encontrado. Me refiero a cuando están heridos, por ejemplo después de un atropello o por cualquier otra causa, o si no pueden volar, en el caso de algunas aves, aunque más que a casa, muchas veces donde habría que llevarlos es al veterinario y, eso sí, después podrán recuperarse en un hogar donde sean atendidos, ya sea en el ámbito doméstico de un particular o en un centro especializado.

Concretamente, en mi casa logré recuperar algún que otro gorrión que se había caído del nido, pero también recuerdo perfectamente cómo otro murió. También he tenido vencejos en casa, pero de estos nunca conseguíamos sacar a ninguno adelante, pues se alimentan a base de insectos y es mucho más difícil esta tarea. La última vez que me encontré un vencejo que no podía volar y se había caído del nido, ya no era tan pequeña y llamé a un centro de recuperación de aves para preguntar si podrían hacerse cargo de él. Me dijeron que estaban saturados y no podían atender a más animales, pero me explicaron cómo debía alimentarlo y también me dijeron que había sido una buena opción coger a este animal, ya que con otros pájaros, sus madres van a darles de comer cuando caen del nido, pero con los vencejos esto no sucede. Aún así, el pequeño murió.

En otra ocasión, cuándo iba al instituto unas amigas me relataron cómo el día anterior se habían cruzado unas perdices en la carretera cuando acudían a clase, y no se les ocurrió otra cosa que bajarse del coche y coger una para cada una. Cabe mencionar aquí que es bastante habitual encontrarse perdices cruzando carreteras, la mamá por delante y los polluelos persiguiéndolas, pero lo que hay que hacer es frenar hasta que pasen, y no bajarse del vehículo y llevarse a los pequeños. Como suele pasar en estos casos, los bebés murieron, ya que necesitan el calor y los cuidados de la madre, y sin estas condiciones es muy difícil que sobrevivan.

Con este recuerdo en mi memoria, años después mi padre se presentó en casa con varias perdices pequeñas, que tendrían unos pocos días de vida. Cuando vi la escena me frustré mucho, pues sabía que las aves iban a morir pronto, mientras que en la naturaleza habrían seguido su proceso de crecimiento normal. Mi padre se empeñó en que no iban a morir, e incluso preparó un pequeño habitáculo para ellas con bombillas para que tuvieran calor. Pero efectivamente, acabaron muriendo. Nunca he sabido cómo mi padre cogió a esas perdices, pues no me lo ha contado, pero me imagino que fue la situación habitual: cruzaron la carretera junto a su mamá y él bajó del vehículo para cogerlas, o quizá simplemente se las encontró en el campo durante un día de trabajo. Lo cierto es que cuando era más pequeña, ignorante de la realidad, podía ilusionarme cuando alguien de mi familia se presentaba en casa con un animal silvestre, pero teniendo ya una conciencia antiespecista, ver este tipo de situaciones en mi propia casa me enfada y me decepciona bastante.

Ranas, liebres, conejos

Y ahora volvamos a mi infancia. En otra ocasión, mi abuelo, que tenía siempre la costumbre de coger cualquier animal que se encontraba en el campo para sus nietas, cosa que a mi madre nunca acabó de gustarle, se presentó con unas ranas muy pequeñas. El final, predecible. Efectivamente, murieron, aunque esta vez fue por motivos diferentes. No recuerdo cuántos días pasaron desde que vi a esas ranas por primera vez, pero sí me acuerdo cómo iban desapareciendo una por una. Al principio, no sabía dónde podían haberse ido, pero cuando vi a una de ellas aplastada en la calle supe que se había escapado y la habría atropellado un coche. No sé si todas murieron atropelladas, ya que era bastante pequeña y tengo lagunas de esos días, pero si sé que todas acabaron saliendo igual que entraron, y su final no debió ser feliz para ninguna, aunque quizá alguna logró sobrevivir. Nunca lo sabré.

En otros dos momentos de mi infancia, una liebre terminó también en casa por unos días. En estos casos, fue mi padre quien las trajo, pues se las había encontrado en el huerto, también con pocos días de vida. Durante mucho tiempo, y aún siendo tan pequeña, me atormentó pensar cómo se habría sentido su madre al comprobar que su bebé ya no estaba en el refugio donde acudía a alimentarla y atenderla. En estos dos momentos, la historia se repitió y estas dos liebres murieron. A una de ellas llegué a cogerle mucho cariño, jugaba con ella, la fotografiaba y grababa con mi primer móvil, y me dio mucha tristeza encontrarla sin vida. Qué pena que nadie me enseñó entonces que los animales no son juguetes.

Photo by Ray Bilcliff on Pexels.com

Y la última historia, la más triste, si cabe: cuando mi abuelo se presentó en mi casa con un conejo que se había encontrado también en el huerto. Este no era ningún bebé, sino que por el contrario, parecía bastante adulto. No lo sé a ciencia cierta, pero es probable que este conejo fuera criado por un cazador que vivía cerca de aquel huerto, pues estaba en medio del pueblo y no era tan fácil encontrar en este sitio animales salvajes. Porque por alguna razón, los cazadores se pasan los días hablando de sobrepoblación de conejos, de jabalíes o de otras especies, pero ellos mismos las crían para disfrutar asesinando. Así, lo más probable es que el animal se escapara del lugar donde había sido criado y llegara, a pocos metros, al huerto de mi abuelo.

Mi madre se empeñó en que el conejo no podía estar en casa, por más que yo insistía, así que el pobre animal se quedó en una jaula dentro del garaje. Cada vez que iba a verlo, el animal temblaba. Era evidente que no quería estar ahí. Al final, mi madre se cansó y mandó a otra persona asesinarlo para comerlo aprovechando que yo esa tarde estaba en la biblioteca. Después, tuvieron la indecencia de invitarme a probar al pobre conejo, a lo que me negué rotundamente.

Qué duro resulta recordar estas cosas. Qué duro es a veces vivir en un pueblo donde hay que lidiar con el maltrato animal prácticamente todos los días, porque sí, situaciones como las que he narrado siguen pasando. Y qué duro es seguir viendo el especismo por cada esquina mientras los demás piensan que soy yo la que no es normal.

Por favor, si te encuentras un animal en la naturaleza y no está herido, no lo cojas. Déjalo vivir.

2 comentarios sobre “Errores especistas

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