La educación es la clave

Varias veces he escuchado, de boda de niños o niñas, ciertos comentarios que me hacen reflexionar sobre la educación especista que recibimos, algo que solo me hace reafirmarme en mi idea de que es precisamente la educación una de las claves más importantes para cambiar la mentalidad imperante en la sociedad y dejar de ver a los animales como cosas.

Ningún niño o niña nace considerando a los animales comida, ni medios de transporte, ni artistas de circo… Sin embargo, todo esto es algo que al ver desde pequeños, acaban asimilando. En algunas familias en las que hay un ambiente taurino o cazador, es probable que los niños se terminen convirtiendo en adultos defensores de la caza o la tauromaquia. Pero no siempre es así.

Cuando era pequeña, recuerdo a niños de mi colegio contando, muy contentos, cómo había sido su fin de semana de caza con su padre. En mi pueblo, a día de hoy, algunos padres siguen inculcando a sus hijos la actividad cinegética, y los convierten en aficionados a la caza, pero no todos aquellos chicos que hablaban de ella en la escuela siguen siendo cazadores. También recuerdo a fervientes defensores de la tauromaquia que ya desde temprana edad odiaban a los antitaurinos porque así se lo habían enseñado en casa. Concretamente, se me viene a la mente el caso de una chica que actualmente sigue defendiendo los festejos taurinos con orgullo. Pero también recuerdo el caso de otra que se mostraba favorable a estos «porque era típico», tal como ella señalaba; y hoy es antitaurina.

Pese a la educación recibida, creo que ese tipo de pensamientos son, en la actualidad, una minoría que seguramente sí esté más presente en esas personas de pueblos que viven más de cerca la caza o la tauromaquia, pero que a quienes vivimos en esos municipios nos parecen la mayoría porque esa es la mentalidad imperante a nuestro alrededor. Sin embargo, estoy convencida de que el porcentaje de gente que seguirá defendiendo esas actividades una vez sea adulta va a ser menor hoy que hace pocas décadas.

Carne

Con el consumo de carne, no ocurre lo mismo. Desde pequeños, nos enseñan que este producto no debe faltar en nuestra alimentación. Nos enseñan a ver a los animales como comida, y no como seres sintientes. Es fácil imaginar que la tauromaquia o la caza tienen sus días contados, pero no ocurre lo mismo con el consumo de carne.

En este sentido, me viene el recuerdo de una niña pidiendo a su padre, ganadero, que matase a un cerdo bebé «porque estaba muy rico». Creo que, en realidad, la pequeña no era consciente de lo que implica el significado de sus palabras, pero así se lo han enseñado. Y es que ella misma, en otra ocasión, afirmaba que le daba pena matar animales para comer. Otra, más mayor, una vez me dijo lo mismo, pero los comía «porque estaban ricos».

Photo by Brett Sayles on Pexels.com

Yo me pregunto hasta qué punto estos niños y niñas son conscientes de lo que es la sintiencia, porque si me traslado a mi infancia, yo misma me recuerdo poniéndome en la piel de los cerdos que mis tíos mataban cada año. Pensaba: «menos mal que no he nacido cerdo, encerrado desde su nacimiento entre cuatro paredes para morir con un año de la forma más cruel».

También sentía mucha empatía por otros animales, sobre todo aquellos que eran más cercanos a mí, como perros, gatos, gallinas o aves que caían del nido. Cuando supe que algunos tipos de carne de los que cocinaba mi madre procedían de cerdos iguales a esos que tanta compasión me producían, traté de aliviarme pensando que eran «asesinados sin sufrimiento porque los humanos somos buenos ya que supuestamente necesitamos la carne para sobrevivir, la obtenemos sin crueldad». Tengo claro que desde pequeña estaba destinada a ser vegana, pese a que todos en mi entorno comían carne, hacían matanzas, usaban burros o mulas como medios de transporte y un sinfín de prácticas más que un día me di cuenta de que no deberían estar normalizadas.

Quizá el hecho de que hoy la mayoría de la población viva en ciudades y más alejada de dichas prácticas sea influyente en que cada vez haya más personas veganas, aunque en los pueblos esto también está cambiando. En el mío, ya hay opciones vegetarianas en algunos restaurantes y algunos ganaderos tratan de dar buena imagen de la industria cárnica hablando de bienestar animal. Todavía hay un largo camino que recorrer.

Actitudes especistas

Aunque se sigue viendo como una rareza, es cierto que cada vez hay más niños veganos, ya sea por decisión propia o, más habitualmente, porque sus progenitores lo son y deciden educarlos en sus mismos valores. Me alegra mucho que esto sea así, y estoy convencida de que la cifra aumentará en los próximos años. Pero también me entristece oír a niños decir ciertas cosas.

Por ejemplo, una niña me preguntó, hace unos días, cuándo tirarían unos nidos de golondrinas, y yo le contesté un «espero que nunca» aún sabiendo que seguramente los iban a tirar porque la mayoría de la gente lo hace. La niña me hizo esa pregunta porque había visto que algún familiar suyo los había tirado en alguna ocasión, y yo le expliqué que el pollito caerían al suelo si eso sucedía. Entonces, me respondió: «uno menos». Queda claro que la educación que ha recibido es especista, como la de todos, y que le han enseñado que somos superiores.

Porque en la normalización del maltrato animal no hay más que una creencia de superioridad escondida, asimilada desde la infancia, que solo el paso del tiempo transformará en una mayor igualdad con respecto al resto de animales, o al menos así lo espero.

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