Si en la historia de España ha habido un médico ampliamente reconocido, es, sin duda, Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina en 1906 y padre de la neurociencia moderna, pero también pensador que dejó sus reflexiones en distintas obras. El destacado científico escondía una faceta que no es tan conocida, su compasión por los otros animales, ya fueran toros torturados en plazas, terneros separados de sus madres en la industria láctea u otros individuos criados en granjas para consumo. Así lo puso de manifiesto en algunos de sus escritos.
Ramón y Cajal tenía una concepción de los animales no humanos como seres sintientes y pensantes. Una idea que le acompañó desde la infancia, aunque a veces sus actos no concordaban con estos valores. En algunos textos autobiográficos, el autor narró la normalización de actividades como la caza o el uso de animales como entretenimiento en su contexto, a veces con crítica incluida, y otras veces en un tono meramente descriptivo.
El médico relató especialmente su pasión por las aves en Mi infancia y juventud. Podemos decir, según estos textos, que Ramón y Cajal estaba predestinado a dedicarse a la ciencia. Ya desde niño, mostró especial admiración por el estudio de los pájaros, si bien lo hizo a través de métodos invasivos que ninguna persona animalista calificaría de éticos.
Gustaba de criarlos para gozar de sus graciosos movimientos y sorprender sus curiosos instintos; pero jamás los torturé, haciéndolos servir de juguete, como hacen otros muchos niños. Para cazarlos prefería los procedimientos que permitían cogerlos vivos (…). Cuando había reunido muchos y no podía atenderlos y cuidarlos esmeradamente, los soltaba o los devolvía, todavía pequeñuelos o implumes, a sus nidos y a las caricias maternales (…). Bastaba para mi satisfacción asistir al maravilloso proceso de la incubación y la eclosión de los polluelos; seguir paso a paso la metamorfosis del recién nacido, sorprendiendo primeramente la aparición de las plumas sobre la piel de los frioleros pequeñuelos; luego, los tímidos aleteos del pájaro que ensaya sus fuerzas y despereza las alas, y finalmente, el raudo vuelo con que toma posesión de las anchuras del espacio.
En recuerdos como este, Ramón y Cajal muestra una contradicción que le acompañaría posteriormente en su relación con los otros animales, la de la satisfacción personal frente al respeto por su condición de seres sintientes: los criaba para su goce de observarlos, pero no los torturaba; los capturaba y desprendía de su hábitat, pero sin matarlos y devolviéndolos después a su entorno natural. Pasarían varias décadas hasta la irrupción en la ciencia de mujeres como Jane Goodall (1934-2025) que demostraron que la observación desde la distancia es un método tanto o más válido para la investigación y que la interacción nunca debe forzarse.
Sin embargo, buena parte de la sociedad sigue creyendo que proporcionar alimento y atenciones mínimas a los animales salvajes en cautividad es suficiente para satisfacer sus necesidades, como aquel Ramón y Cajal que narró cómo se complacía «en criarlos (a los pájaros) de pequeñuelos, en construirles jaulas de mimbre o de cañas, y en prodigarles toda clase de mimos y cuidados». El científico recordó cómo llegó a tener una «colección» de más de una veintena de aves de diferentes especies, e incluso también de huevos que nunca eclosionaron.
Sin embargo, e incurriendo en otra contradicción, en la misma obra en la que afirmaba no maltratar a las aves, narró cómo en una ocasión, de niño tuvo «la endiablada ocurrencia de apalear a un caballo» que posteriormente le dio una coz que lo dejó inconsciente. Más adelante, aclara que participó con otros niños en actos de maltrato animal «por imitación».
Carne
Ramón y Cajal también reflexionó acerca del consumo de carne. En las mismas líneas en que habló sobre su forma de estudiar a las aves, aclaró que:
En esos caprichos no entraba para nada el interés gastronómico ni la vanidad del cazador, sino el instinto del naturalista.
Dentro de esos recuerdos de su infancia, también describe el bajo consumo de carne en la época, y que este alimento se comía «de vez en cuando» o en días de celebración.
En otra contradicción interna más, el científico también se cuestionó, ya de adulto, el consumo de carne porque exigía «el asesinato de un pobre mamífero»; e incluso la ingesta de leche, «porque representa la eliminación de inocentes recentales» (terneros). ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI haya personas que sigan creyendo que las vacas «lecheras» dan leche porque sí?

Tauromaquia
El periodista Juan Ignacio Codina ha señalado a Ramón y Cajal en sus obras sobre el pensamiento antitaurino español. Tal como recoge Codina, el médico reflexionó sobre las corridas de toros en sus Charlas de Café (1921). En esta obra, describe la violencia de las corridas de toros, que califica de «crueles» y «abominables costumbres«.
Presenciamos la castiza fiesta nacional. Una cornada en el corazón mata al caballo; una estocada en la misma víscera derriba al toro, que a su vez, en derrote desesperado y vengador, abre al lidiador el pericardio. Todos ellos muestran las mismas heridas, y al morir presentan los mismos síntomas: bañados en sangre, ya no corren, ni respiran, ni sienten, ni piensan…
Puesto que todos poseen un corazón y un sistema nervioso complicado, ¿concederemos alma a los tres, o a uno solo? Y si nos decidimos por la última disyuntiva, ¿se la otorgaremos al caballo inocente, al toro feroz o al hombre rudo que, en vez de cultivar la tierra, tiene por oficio destruir los animales que ayudan a labrarla?
También alude a su abolición y a la imagen negativa de España que transmite la fiesta nacional en el exterior.
Ninguno de nuestros reformadores se ha atrevido a suprimir las deseducadoras corridas de toros y el vicio de la lotería, no obstante deplorar cuánto nos desprestigian ante el Extranjero.
Experimentación
Otra de las contradicciones a las que se vio expuesto Ramón y Cajal fue el uso de animales para experimentación o investigación médica. Específicamente, el científico estudió el sistema nervioso de algunos animales, lo que a su vez, le llevó a interesarse por la psicología de estos en busca de similitudes o comparativas con la mente humana. De hecho, mostró mucho interés por la inteligencia animal y realizó aportaciones a la ciencia veterinaria.
Para ello, llegó incluso a contactar con alimañeros que le proporcionaban reptiles, cornejas, mochuelos, salamandras y otros animales vivos. Asimismo, estudió embriones de aves y mamíferos, individuos recién nacidos, jóvenes y adultos, influenciado por las teorías darwinistas.
También analizó la visión de los animales. Algunas de sus publicaciones al respecto fueron «Textura de la corteza visual del gato» (1921) y «Estudios sobre la fina estructura de la corteza visual de los roedores» (1922). En esta temática, llamó su atención la visión de los insectos, sobre los que, además, publicó otros trabajos como «Las sensaciones de las hormigas» (1921). Concretamente, las hormigas le generaron especial interés, y fueron las protagonistas de su Carta de una hormiga esclavista (Polyergus rufescens), un texto a modo de crítica en el contexto de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) que salió a la luz unos años después de la contienda.

En el ámbito científico posterior, ha prevalecido el uso de animales para experimentación sobre otros métodos alternativos, hasta el punto de que actualmente, el Instituto Cajal, principal centro de investigación neurocientífica de nuestro país, perteneciente al CSIC, cuenta con un animalario dedicado a la cría de roedores y experimentación animal.
En su web, describe la existencia de «dos salas para ratas, siete salas para ratones, once salas destinadas a conducta animal y un quirófano para realizar distintos procedimientos». Este animalario, explican, «realiza la cría y mantenimiento de las especies animales de rata y ratón, tanto de tipo salvaje como transgénicos (sin fenotipo dañino)». Los investigadores que realizan ensayos en animales pueden «solicitar, previa petición, el tipo de animal necesario para su experimentación».
El Instituto defiende los supuestos «beneficios» del uso de animales en investigación para el avance científico, y señala, como es habitual en los centros que utilizan animales, que se preocupa por su bienestar y aplica el principio de las 3R (Reemplazar, Reducir y Refinar).
El Instituto Ramón y Cajal de Investigación Sanitaria también cuenta con un animalario, compuesto por un área de grandes animales, un área de roedores y varios quirófanos. Este centro cría roedores y mantiene animales como cerdos, ovejas, conejos para su uso en laboratorios.
Imagen de cabecera: Santiago Ramón y Cajal, retratado por Joaquín Sorolla en 1906 | Museo Provincial de Zaragoza.
FUENTES CONSULTADAS Y ARTÍCULOS RELACIONADOS
Codina, J. I. (2024). Antitauropedia. Plaza y Valdés Editores.
Codina, J. I. (2018). El pensamiento antitaurino en España, de la Ilustración del XVII hasta la actualidad. Tesis doctoral. Universitat de les Illes Balears.
Codina, J. I. (2018). Pan y toros: breve historia del pensamiento antitaurino español. Plaza y Valdés Editores.
Ecopalabras (2021). Ramón y Cajal: el amor a los animales.
Ibarz, V. (2024). La psicología animal en la obra de Ramón y Cajal. Revista Peruana de Historia de la Psicología (10), 79-89.
La Zona Veggie (2021). Historia: los orígenes del movimiento antitaurino (parte II).
Ramón y Cajal, S. (s.f.). Charlas de café. Pensamientos, anécdotas y confidencias. Centro Virtual Cervantes.
Ramón y Cajal, S. (s.f.). Recuerdos de mi vida. Mi infancia y juventud. Centro Virtual Cervantes.


Deja un comentario