Que celebridades o influencers que siguen una dieta vegetal la dejen para pasar a denominarse «ex-veganos» es algo a lo que nos hemos acostumbrado en los últimos años. Que lo hagan personas aparentemente comprometidas con los animales, que incluso han formado parte del movimiento vegano, duele y frustra. Algo así es lo que sucedió con Dulcinea.
La conocí gracias a YouTube hace aproximadamente una década. En esta plataforma, comenzó a ganar notoriedad gracias a sus experimentos sociales que después la llevaron a colaborar con el programa El Hormiguero. Pero también hablaba de vegetarianismo en su canal, y después de veganismo, y eso me hizo pasar de ser una espectadora ocasional de su contenido a seguirla.
Compartió su cambio de vida de la ciudad al campo, cuando ya afirmaba ser vegana, pero unido a ese cambio empezaron a chirriar algunas cosas. Por ejemplo, una vez comentó que se dejaba aconsejar por cazadores en cuestiones relacionadas con los animales o la naturaleza, y que compraba en la sección de caza del Decathlon.
¿Animales comprados?
Otro asunto raro era la procedencia de los animales que convivían con ella en la parcela donde se encontraba su casa de campo, no recuerdo si eran cabras u ovejas. Si no me falla la memoria, al menos reconoció haber comprado a una de ellas.
Por aquel entonces, también reconocía comer «algún que otro huevo» de sus gallinas, probablemente también compradas. Aquellos animales parecían más bien accesorios. Pero yo me identificaba con ella porque también había pasado de vegetariana a vegana con los huevos como asignatura pendiente antes de dar este último paso. En un momento dado, a mí tampoco me generaba conflicto ético alguno consumir huevos de mis gallinas (compradas, por supuesto).
También compré sus libros. El primero aludía directamente al veganismo. Quién sabe si en los siguientes lo menciona para bien o para mal. Después llegué a escribirle una carta a su apartado de Correos.
Tal vez cuando publicó su primer libro todavía no había comenzado su proyecto: una reserva de animales salvajes en el bosque, en una ubicación distinta a la de aquella casa de campo y a la de la actual reserva.
Gallinas «ornamentales»
Hoy en esa reserva conviven animales domésticos como gallinas, eso sí, de esas que se denominan «ornamentales» y que ponen los huevos de colores, seguramente compradas o criadas dentro de la instalación porque sus gestores no consideran buena idea poner implantes a las aves para que no sufran con la puesta de huevos. Porque sí, las gallinas que no se denominan «ponedoras» también están seleccionadas genéticamente para poner muchos más huevos de los que deberían.
Junto a las gallinas hay ovejas de las que se aprovecha la lana, algo impensable en cualquier santuario de animales; partes de animales que decoran las instalaciones y que recuerdan a trofeos de caza, como cornamentas, colmillos o cráneos. Mientras la fundadora de la reserva compartía este tipo de imágenes en redes, reconocía que el veganismo era parte del pasado para ella. Hoy es ese tipo de personas que criminalizan los químicos en cultivos o alimentos mientras defienden esa ganadería que se apellida «regenerativa», «ecológica» o «extensiva», pero que no es más que ganadería, a secas, con su correspondiente impacto en los animales y el ambiente.
Estas y otras incongruencias comenzaron a comentarse en un sector del movimiento hace algunos años. Para mí, la visión de Dulcinea y la mía simplemente eran diferentes. No compartía su opinión, pero respetaba su proyecto. Al fin y al cabo, cientos de gestoras y gestores de protectoras y refugios de animales no son personas veganas. Pensaba que la labor de la influencer con los animales estaba muy por encima de quienes la criticaban desde el sofá, incluso aunque muchos de los habitantes de la reserva no proceden de rescates, y que era normal que se hubiera distanciado del movimiento debido al hate que le llegaba.
Romantizar lo rural
Pero lo que hoy transmite Dulcinea ha llegado a un punto de romantización del campo, de lo rural y de la explotación animal indefendible y peligroso. Si en una ocasión recuerdo haberla escuchado mencionar que los medicamentos son veneno o que no sirve de nada enseñar a Platón en las escuelas, el negacionismo ha ido a más posicionándose con ese grupo de «cuñados» que no se cansan de recordar que la agricultura mata animales, e incluso que las plantas sienten. Digo «negacionismo» porque esto no es más que una forma de negar la utilidad del veganismo.
De las personas que la rodean no hay mucho que decir, salvo que algunas se dedican a la ganadería y aplauden el discurso de Vox, y otros defienden dietas ancestrales basadas en carne que realmente nunca existieron entre nuestros antepasados. Y sí, todas conocemos a alguien con este tipo de planteamientos, incluso en nuestra propia familia, pero no son de quienes escogemos rodearnos en proyectos o actividades relacionadas con la protección animal.
Irregularidades
Hace tiempo conocí, a través de las redes sociales, la existencia de un grupo de personas que alertaban de irregularidades en las recaudaciones de fondos que han permitido la creación y el funcionamiento de la reserva. Sobre esto, no tengo mucho que decir porque jamás doné dinero al proyecto ni conozco a fondo la cuestión, aunque sí llama la atención que desde sus inicios en YouTube Dulcinea ha defendido modelos de negocio cuestionables como el dropshipping y en un podcast detalla cómo financió la construcción de su casa de un modo que deja lugar a dudas.
Un podcast, por cierto, que utiliza para dar tips a personas urbanitas que quieren trasladarse al campo y alejarse del caos de la ciudad sin morir en el intento, incluso con ejemplos tan brillantes como la actividad ganadera como excusa para vivir legalmente en medio del bosque. Contenido que, en resumen, romantiza el mundo rural como lleva tiempo haciendo en sus redes sociales. Seguramente hasta ahora nadie le ha contestado que lo rural prefiere despoblación y abandono antes que explotación.
No es la única persona que se deja llevar por esa imagen idílica que se construye del campo y que tan bien conecta con el discurso de ganaderos y cazadores que buscan lavar su imagen.
Y ya de paso… Romantizar lo ilegal
Lo último que vi en su perfil fue cuando arrancó el cráneo a una vaca muerta que encontró en el campo para coleccionarlo, «porque los animales mueren en el campo y es natural».
¿Pero cómo puede alguien compartir esto si no es para denunciar al ganadero que ha dejado el cuerpo de un animal de su explotación en medio del campo? Tal vez no hizo esto porque sabe que en realidad, la mayoría de las personas que se dedican a la ganadería no viven, como ella, en la misma finca donde mantienen a los animales; que apenas pasan tiempo con ellos y que el abandono de sus cadáveres no es tan raro, aunque sea ilegal. Después nos sorprendemos cuando unos buitres mueren intoxicados por comer restos de animales procedentes de granjas extensivas muertos en la naturaleza.
Al final, Paola ya no habla para seguidores veganos. Quienes la siguen buscan esa misma visión idílica del campo, de la ganadería, e incluso de la muerte de los animales. La vaca muerta del cráneo no es la única imagen de un cadáver que Dulcinea ha compartido en sus redes.
P. D. Dejé de seguir a Dulcinea hace algún tiempo, cuando definitivamente comprobé que no conectaba para nada con su visión. Este texto ha sido solo una forma de externalizar una reflexión a la que me ha llevado su caso: ojalá seamos más críticos con el tipo de contenido que consumimos y sepamos identificar las líneas rojas antes de que nos sorprenda otro ex-vegano.


Deja un comentario