Quién protege el campo

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Si actividades como la caza y la ganadería son el único futuro posible para el mundo rural, es preferible la despoblación. Si gestionar implica dañar, es mejor no gestionar, aunque nos duela en lo más profundo de nuestro ego. Madrid y Andalucía han autorizado a cazadores a capturar aves fringílidas, práctica prohibida, con falsos fines de anillamiento. Girona lleva años en guerra contra los coipús por formar parte de esas especies a las que se denomina «invasoras». Y en prácticamente ningún rincón del país el jabalí está a salvo de las escopetas bajo la excusa de que «hay demasiados».

Los cazadores que capturan aves cantoras no solo están muy contentos por poder practicar una actividad prohibida como es el silvestrismo, sino que también están convencidos de que hacen una gran labor participando en proyectos de anillamiento para los que no están capacitados. Las administraciones catalanas creen que hacen un favor al ecosistema y la biodiversidad matando animales, e incluso que ayudan con ello a otras especies. Y nuevamente los cazadores se posicionan como los salvadores del campo mientras colocan decenas de cuerpos de jabalís en la plaza del pueblo. Pero eso sí, los malos son los gatos que depredan aves.

Y contra los gatos, contra los jabalís y contra las especies catalogadas como «invasoras» han tratado de impulsarse todo tipo de acciones, en ocasiones sin demasiado éxito porque suponían un atentado contra la legislación vigente, como las medidas contra los gatos comunitarios en Canarias. Otras veces los animales sufren las consecuencias de declaraciones oficiales como la emergencia cinegética, que no es más que una excusa para cazar fuera de temporada o superando los cupos establecidos. O de ciertas interpretaciones de la normativa que permiten que prácticas prohibidas como el silvestrismo se den de forma aparentemente legal.

Administraciones y guardas

¿Cómo actuar cuando las propias administraciones se ponen del lado del maltrato animal? Las matanzas de jabalís y de especies alóctonas se aprueban y tienen lugar de manera legal, así como las capturas de aves con falsos fines científicos. Ante cualquier indicio de irregularidad, no es extraño que la autoridad se ponga del lado del verdugo. Como la propia Comisión Europea justificando las capturas de aves cantoras porque los estudios para los que se han realizado son legales.

Incluso nos encontramos con guardas rurales y guardas de cotos que son cazadores. Cazadores encargados de proteger el monte, de evitar el furtivismo y el uso de artes ilegales o de vigilar a la fauna. Y cuando no se da este oxímoron, cuando las personas encargadas de la vigilancia del campo respetan de verdad a los animales, corren el riesgo de ser increpadas por cazadores, a veces con resultado trágico.

Habitualmente, basta un curso para ser guarda rural o de coto, si bien las funciones y el grado de responsabilidad varían entre comunidades autónomas. No hay que confundirlos, en ningún caso, con los agentes rurales o agentes del Seprona, funcionarios públicos de mayor autoridad.

Por su parte, tanto el guarda rural como el guarda de coto pertenecen al ámbito privado. No se trata de funcionarios. Los guardas rurales se encargan de la vigilancia de explotaciones, fincas y propiedades en suelo rústico. A veces se les denomina indistintamente como guardas forestales, que pueden tener o no funciones relacionadas con la caza.

Los guardas de cotos se limitan al ámbito cinegético, los cotos, que en la práctica se traduce en la gran mayoría del campo español. Sus tareas se basan en el control del furtivismo, la colaboración con las autoridades medioambientales, la supervisión de la fauna, asegurar el cumplimiento de las normas de caza o mantener comederos y bebederos que funcionan como trampas para los animales salvajes.

«Gestión»

Todo ello se resume en el término «gestión». Gestionar el furtivismo, pero no poner límites a la caza legal, que tiene tanto impacto como la ilegal. Gestionar la propiedad poniendo vallas que impiden la libertad de movimiento a los animales salvajes. O gestionar garantizando la comida y el agua a la fauna con el fin de esperarla desde atrás con una escopeta. ¡Pero qué buenos son los cazadores que dan de comer a los animales! ¿Dónde estaban los animalistas cuando morían de hambre tras los incendios?

Estaban preocupados por el estado de esos animales víctimas del fuego y reclamando el fin de la caza en esa zona para no exponerlos a un peligro mayor. Mientras tú, cazador, estabas en el monte obstaculizando las labores de extinción porque tu máxima preocupación era salvar a los animales para poder matarlos después.

¿Quién protege el campo?

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