A muchas personas les sorprende que la miel sea uno de los productos que los veganos eliminamos de nuestro consumo. Pueden entender que dejemos la carne, les cuesta un poco más comprender que también dejemos el pescado, los lácteos y los huevos, y no encuentran explicación a que tampoco consumamos miel, entre otras cosas como tejidos con lana, por ejemplo. Pero como el resto de los productos mencionados, la miel es de origen animal. Son las abejas quienes la fabrican, por mucho que para ello sea necesaria la presencia de plantas; y si el veganismo rechaza el uso o consumo de productos de origen animal, esta no va a ser la excepción.
Porque independientemente del trato que reciben las abejas, estas son animales que entendemos deben ser respetados y no utilizados en nuestro beneficio. Al igual que sucede con la carne, incluso si los animales han sido felices (cosa que no ocurre), no encontramos motivos para consumirla. Y efectivamente, la industria de la miel no se salva del maltrato y el uso de los animales como objetos.
En condiciones normales, una abeja puede visitar hasta 1500 flores para recolectar el néctar con el que después hace la miel. Lo ideal es que estas flores sean variadas, pero la existencia de monocultivos destinados principalmente a la ganadería ha provocado que las abejas tengan menos disponibilidad de flores diversas, lo cual las debilita. Ese es, precisamente, uno de los motivos por los que estos animales se encuentran en peligro. Otro motivo es el uso de insecticidas, herbicidas o pesticidas que se utilizan en estos cultivos.
Una vez recolecta el néctar, el insecto lo chupa y lo almacena en uno de sus estómagos, donde se mezcla con enzimas, para después regurgitarlo y pasarlo de boca en boca a las demás abejas en la colmena. Estas lo van masticando con el fin de disminuir su humedad. Acto seguido, guardan la sustancia en las celdas de su panal y la secan gracias al movimiento de sus alas hasta que se convierte en miel. Después, los animales sellan cada celda con cera para mantener en ella la miel y alimentarse de ella más adelante. Un momento que nunca llega en la industria apícola, pues antes de eso el apicultor extrae la miel.
Esta industria, como el resto, busca siempre la máxima producción posible, y cuando hay animales de por medio, eso suele significar maltrato y prácticas crueles. Y a las abejas, el hecho de poder volar no las salva de ser esclavas. Tanto es así que la única del grupo que podría escapar y conducir al resto a otro lugar, la abeja reina, no puede hacerlo porque se le cortan las alas para evitarlo.
Es precisamente la abeja reina la que más maltrato sufre en la apicultura. Para que se reproduzca, habitualmente es inseminada artificialmente tras haber extraído el esperma de los machos. Así, el apicultor consigue que ponga huevos y haya más abejas productoras de miel. Pasados unos dos años, la puesta de huevos disminuye y la abeja reina es asesinada y sustituida por otra.
Dentro del sector, existe la compra-venta de abejas reina, así como existe un mercado de abejas en general que son transportadas entre países. Estos traslados pueden provocarles la muerte por estrés, sobrecalentamiento o frío. Las abejas también son transportadas hacia cultivos de determinadas zonas para polinizarlos.
Pero el transporte no es el único proceso que puede provocar la muerte a estos insectos, ya que este riesgo existe también en las propias colmenas. Durante la manipulación de los panales de miel para extraerla, algunas pueden morir aplastadas. También pueden sufrir amputaciones de patas o alas al ser agitadas por el apicultor para que se separen de los panales. En este proceso de extracción de la miel, las colmenas son rociadas con humo para asustarlas e impedir que los apicultores sufran picaduras por parte de los insectos al tratar de defenderse.

Al quitarles la miel o parte de ella, las abejas son alimentadas con un sustituto artificial que las acaba debilitando. También son tratadas con medicamentos y productos químicos en las colmenas.
Por si esto no fuera todo, la selección genética también afecta a las abejas explotadas, y se hace en función de lo que se pretenda conseguir: más producción de miel, de jalea real, de polen, mayor resistencia a enfermedades, un determinado comportamiento, etc.
La miel es producida por las abejas para ellas mismas, no para el ser humano. ¿O hay alguien tan ingenuo para pensar que estos insectos producen la miel altruistamente para que los humanos nos aliviemos un dolor de garganta o endulcemos el desayuno?
Además, este producto es completamente innecesario y muy fácil de abandonar. Puede que nos resulte complicado dejar de consumir carne o queso, ¿pero la miel? No solo no la necesitamos, sino que es fácilmente sustituible, por ejemplo por sirope de agave para endulzar, aunque ya existen mieles veganas, por si hay alguien que realmente fuera adicto a este producto.
Algunos apuntes medioambientales
La mayoría de las prácticas de la industria apícola sobre las abejas pasan desapercibidas para la mayor parte de la sociedad. Todos sabemos que las abejas se encuentran amenazadas y que su existencia es necesaria para la vida del resto de las especies. A muchas personas no les importan demasiado las abejas como individuos, si sufren o no, cómo son tratadas… Pero sí les importa mantenerlas por aquello que llaman «el bien común». Esta ha sido la principal justificación que ha utilizado la industria apícola en los últimos años para vender sus productos, omitiendo esas prácticas crueles.
La mayoría de la gente piensa que la industria apícola es necesaria para el mantenimiento de las abejas, pero no es así. Y no lo es porque si queremos conservar a una especie, lo peor que podemos hacer es provocarle sufrimiento y explotarla. A nadie se le ocurriría hacerlo con cualquier otra especie en peligro.
Sin embargo, el mercado de la miel ha crecido exponencialmente en los últimos años. Esta se vende como un producto salvador de la vida en el planeta, y no solo eso, sino que también se le atribuyen propiedades contra enfermedades o síntomas de estas, y se dice que es un producto natural. Y claro, cuando alguien escucha «natural», rápidamente piensa en «saludable«, aunque con la miel ha habido ya demasiados fraudes y mitos como para pensar que es saludable. Aún así, sigue habiendo quienes la consideran la alternativa sana al azúcar, algo más que desmentido por nutricionistas.
No hay nada que justifique la producción de miel. Las abejas no son menos merecedoras de respeto que otros animales por ser insectos. Se ha demostrado que son muy inteligentes y que tienen un complejo sistema de comunicación, pero aunque no fuera así, seguiría sin estar justificada su explotación.
Por cierto, la miel no es el único producto derivado de la apicultura. También se comercializa propóleo, polen, jalea real o cera, y estos están a veces presentes en cosméticos. Su consumo es tan poco ético como el de la miel.


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